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Maridaje Político Social

Por Emmanuel Farfán González.

Cada día que pasa de nuestras vidas debemos hacer elecciones entre unas u otras cosas y, muchas de ellas, nos definen como personas e incluso nos permiten sociabilizar en este mundo.

Cuando vas a comprar un vino muchas veces te preguntas “¿compro vino tinto o vino blanco?”. En ese momento de incertidumbre y de desesperación piensas “quizás comprar lo mismo de siempre… lo presentado en el último aviso publicitario que viste o escuchaste… lo que recomendó @catadorchileno… lo que te gusta o lo que le gusta a los demás”. Llegas al punto de venta y todas esas dudas y opciones vuelven a tu cabeza nuevamente. Es por eso que, para simplificar la vida, se ha recomendado históricamente (y no muy correctamente) que para carnes rojas son vinos tintos y, para mariscos y pescados, los blancos. Una recomendación bien práctica pero muy simplista, pues hay, por ejemplo, varios vinos “rojos” que perfectamente van con esos productos provenientes del mundo marino.

Si quieres escoger bien un vino debes pensar para qué lo quieres, dónde lo descorcharás, con quiénes estarás y, principalmente, qué harán cuando lo estén tomando o qué comerán. Efectivamente, el maridaje predilecto para los vinos siempre ha sido la comida y hay un sinfín de sugerencias seleccionadas para las distintas variedades de uva (llamadas “cepas”) con las que se elabora un vino. Pero también se ha encontrado un maridaje que va en otros sentidos y sensaciones como armonizar con un libro, una película o serie, con música y también con ese momento único en el cuál sacarás ese corcho de la botella. Creo que la mejor elección será considerar no sólo el que te guste, sino también el entorno y las personas con las que compartirás. Un vino que no se puede compartir siempre será lo más aburrido que pueda existir.

¿Entonces? ¿Vino tinto o vino blanco? ¿Apruebo o Rechazo? ¿Convención Constitucional o Convención Mixta Constitucional?

El domingo 25 de octubre muchos saldremos a decidir una de las cosas más importantes para el país: Si “Apruebas” o “Rechazas” una nueva constitución. Además, se debe elegir el órgano que debiese redactarla: Una “Convención Constitucional” (integrada por miembros escogidos por voto popular) o una “Convención Mixta Constitucional” (compuesta por partes iguales de parlamentarios, sí, lea bien, parlamentarios, y gente elegida popularmente).

La primera pregunta que nace es “¿en qué debo pensar para decidir este voto?” y la respuesta no se aleja a lo que es la elección de un vino: para qué quiero una nueva constitución; dónde estamos situados o en qué contexto queremos forjar esta nueva carta fundamental; con quiénes la queremos hacer; y, principalmente, pensar en el momento que vive el país y la sociedad en general para poder decidir mi voto. Prácticamente, un maridaje político social.

En el mercado chileno normalmente se privilegia al vino tinto por sobre el blanco en una razón de 70% a 30%, y el “Apruebo” por sobre el “Rechazo”, en las últimas encuestas, están en una relación muy similar 75% a 17% (que pena por el “Rechazo”, ¡ja!). Pero, a fin de cuentas, son elecciones y aunque tú quieras tomar un tinto debes aceptar si la otra persona quiere tomar un blanco, y viceversa (aunque sea uno hecho en dictadura). No podemos llegar a una reunión social y polarizarnos porque una persona quiere abrir una botella de un tipo y otra una diferente. La elección ya se hizo y se debe respetar. Eso es una democracia vinera.

Tampoco el país se “incendiará”, pero si en este tiempo estamos en un gran asado, con sus carnes y vegetales cocinándose espectacularmente sobre la parrilla, preparación que ha costado vidas, ojos y lucha. Entonces, ¿para qué traerás un vino blanco del “Rechazo” si lo que se necesita es un vino tinto del “Apruebo”? ¿Para qué catar con una Convención Mixta Constitucional, junto a esa gente del congreso que no ha querido tomar con nosotros por 30 años, si podemos catar todos juntos en una Convención Constitucional más diversa e independiente?

Rociando

Ecocidio

Por Gino Bailey Bergamin.

Las guerras traen aprendizajes e innovaciones tecnológicas. Además de hambre y aberraciones humanas. Los laboratorios bélicos se adelantaron al modo convivencial que rigen las sociedades actuales, donde la automatización tecnológica establece el orden del control de vida cotidiana. Estas pruebas fueron desarrolladas en la Guerra del Golfo (1990-1991) pero también en Vietnam, posicionando la transmisión en directa por la televisión e incidiendo en la pérdida de límites entre ficción y realidad confundiendo a la audiencia si las cruentas imágenes correspondían a un aparato de telecomunicaciones o si verdaderamente afectaba a sus vidas.

Las guerras también muestran el paso del genocidio al ecocidio, que hace replantearse el límite en la afectación entre derechos humanos y ambientales en sistemas que están imbricados. El Agente Naranja, una combinación de herbicidas y defoliantes, es un ejemplo paradigmático al respecto.

Promovido entonces por la agencia Monsanto Corporation y Dow Chemical para la defoliación de especies, se utilizó en Vietnam, Laos y Camboya para extinguir sistemas socio-ecológicos de vida. La población local de Vietnam no distinguía hasta entonces su cotidianidad separada de los servicios socioecológicos y la guerra se desenvolvió en esos términos. La ventaja que llevaban frente a la invasión norteamericana era evidente: reconocer y desenvolverse en su propio contexto, inmiscuirse e invisibilizarse y resistir. El Agente Naranja fue utilizado por el ejército estadounidense como un arma ecocida, aumentando la toxicidad química a los experimentos anteriores, afectando la selva pero también a sus habitantes.

Las consecuencias se sienten hasta el día de hoy, con población deformada, dañada y ecosistemas que todavía no se logran recuperar. Actualmente asistimos a un ecocidio terminal del planeta, como amplificación del patrón Agente Naranja, en donde los derechos humanos-ambientales están imbricados en su afectación, pero también en su interdependencia y huida de la muerte.

El ecocidio actual opera como estado terminal del desarrollo económico basado en el crecimiento que sirve de justificación para una serie de dispositivos (Stiegler, 1944). Uno social generalizado es la hiperproletarización de las sociedades. Sean inmigrantes, informales o con estudios, las sociedades tienden a proletarizarse de manera amplia y compleja. El descontento social generalizado hacia las formas de gobiernos y corporaciones se expresa en diversas manifestaciones de carácter global. La automatización tecnológica de procesos, denominada como fuerzas neguentrópicas, tienden a generar una estabilización a través de la satisfacción marchita del deseo y el consumo.

En fin, la automatización de la vida ha operado como un modo generalizado para abstraernos de Gaia, terra, el planeta. Desde 1400 en adelante que se arraigó en occidente como una cultura de vida, colonizando inclusive a los pueblos originarios. Salir de la automatización significa salir del antropoceno y volver a lo originario. A esto algunos se refieren como estabilización de una nueva vida, cambiar los patrones y modos de vida de manera radical. Mientras eso no ocurra estaremos en un estado terminal ecocida. Una historia que parece ser ficción gracias al automatismo tecnológico, pero que resuena con más fuerza cuando los distintos servicios ecosistémicos necesarios para la vida se ven colapsados en océanos que no se reproducen, pandemias que mutan sin encontrar una vacuna o aumento de temperatura en algunos lugares del planeta en donde no se sostiene la vida humana.

Referencia

Bonneuil, C., Fressoz, J.-B., 2013, L’ÉvénementAnthropocène. La Terre, l’Histoire et nous, Paris, Le Seuil

Stiegler, B. (1944). Sortir de l ’ anthropocène. 1–11.

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La economía sustantiva

Por Gino Bailey.

La economía a través del siglo XX y XXI ha ido perdiendo su sentido originario para acercarse a una definición formal y abstracta. El mejor ejemplo se produce al escuchar la palabra “economista”. En el imaginario aparece un experto o experta quien nos dice qué hacer o en qué problema nos encontraremos. Qué sucederá en un plano más allá de lo que en nuestro accionar podemos hacer.

Esto se produce porque el concepto de economía ha sido definido desde valores occidentales donde se asume ante todo la escasez como problema y la relación entre medios y fines para establecer una relación económica.

El sociólogo Karl Polanyi intentó desmitificar esta situación sacando a la economía de los formalismos, llevándola a un plano relacional. Como tal, la economía es una actividad humana necesaria para subsistir., pero; ¿qué es lo necesario para la subsistencia? Alimentarnos, vivir seguros, tener una vida saludable, trabajar y crear, entre otras cosas. Entonces para poder subsistir el sentido común nos dice que debemos entrar en una relación con nuestro medio y con otros. Ese intercambio es económico. Sin embargo, la mayoría de los postulados económicos nos han hecho creer que lo económico es aquello formal, cuando en realidad la economía sustantiva, propuesta por Polanyi, nos vuelve a la tierra y a un sentido originario.

El presupuesto racional de la economía formal hace mucho que fracasó y lo que nos queda es pensar en otro tipo de racionalidad económica que deriva del origen real de la economía que es en base a una interdependencia con el medio. De esto hay mucho escrito, por lo que conviene rescatar algunas ideas de Polanyi.

La economía de mercado es vulnerable a la crisis del antropoceno porque ante desastres socioambientales, cambio climático y nuevas pandemias globales, ¿qué sentido elemental y protector de la vida tiene el dinero? Así, en los conceptos de la reciprocidad y redistribución Polanyi propone indagar en lo originario para darnos cuenta que en la historia de la humanidad han existido diversas formas de organización que se han hecho cargo de una economía que no ha sido de mercado.

La familia romana,  el kraal de África, la economía doméstica o la economía tradicional pesquera, han sido organizaciones que controlaban la redistribución desde un centro local-familiar y que establecían una dinámica recíproca de bienestar garantizando la subsistencia de una comunidad. Lo interesante es que en la mayoría de los casos el medioambiente es un agente activo porque de acuerdo a sus ciclos reproductivos genera actividades económicas recíprocas con el medio. Cabría preguntarse hoy si para vivir una economía múltiple y sustantiva tenemos la capacidad que tenían estas unidades originarias en su relación con el medio. ¿En qué medida dependemos del ciclo ecosistémico para poder proveernos de lo necesario?, ¿existe una soberanía alternativa al dinero que posibilite redistribuir dichos medios necesarios para la vida?

La economía informal de las ciudades latinoamericanas tiene múltiples facetas, entre ellas la vulnerabilidad. Sin embargo, ha desarrollado una historia de capacidad de redistribución familiar de bienes que se han alojado sobre todo en lo urbano. Dicha capacidad habría que conducirla hoy a ecosistemas que provean la vida, para que en lugar de lo desechable del plástico se esté redistribuyendo alimentos dentro de un marco de mayor valorización y emergencia planetaria. Sobre todo, si pensamos que las catástrofes, patrimonio solo de algunos países, se está convirtiendo en una cuestión transversal donde la economía de mercado pierde su capacidad de sostener la vida necesaria. La economía sustantiva es un principio conceptual pero también ético y urgente de pensar el futuro inmediato de cómo vivir pensando en  las clases más populares del continente.

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Entre tiranos y déspotas

Por Felipe Vergara.

Tres mitos se tejieron en torno a la Revolución Francesa y, de ahí en adelante, los historiadores –salvo honrosas excepciones- tejieron una narración que poco o nada tiene que ver con la veracidad de los hechos. Primero, la obra de Delacroix, “La libertad guiando al pueblo”, no está inspirada en las acciones de 1789, sino que retrata los procesos revolucionarios posteriores a la toma de la Bastilla; segunda, el asalto a la cárcel pretendía liberar presos políticos antimonarquistas, sin embargo muchos de ellos fueron asesinados antes o bien trasladados a un regimiento en las afueras de Paris, logrando solo escapar siete reos, que en desglose eran cuatro estafadores, un enfermo mental, un noble acusado de incesto y su cómplice (¡vaya antecedentes de la aristocracia!); tercero, aunque le duela a muchos, el 14 de julio se dió inicio a la sublevación del pueblo francés frente a Luis XVI, un  mentiroso, ambicioso y déspota noble que no dio puntada sin hilo, por engañar y cambiar las reglas del juego en temas tributarios y de igualdad ante la ley, favoreciendo a la corte y perjudicando a la plebe. La gota que rebalsó el vaso fue la acción de sus ministros Turgot, Calonne y Necker: no hubo medida que tomaron para alentar el enriquecimiento de familiares y amigos (nepotismo), proteger el privilegio de la Iglesia y, de pasadita, llevarse una tajada. La miseria del pueblo francés ya venía condicionada por los estragos de la peste bubónica que asoló a Francia en 1754, 1764,1774, 1784, ciclos de diez años y donde no hubo acierto en las políticas de cuidado de la población civil. La poblada era la que mantenía los lujos y despilfarro a cambio de hambre y muerte; llegado el momento se hartó y decidió marchar a Paris…. ahí partió todo. Creer que la historia se repite es un fantasma mental, casi una vocecilla esquizoide que termina más por trastornar que por ayudar a racionalizar los hechos del pasado. Historiadores como Braudel, Hobsabawn, Aróstegui dan evidencia teórica de que los hechos no se repiten, pero si gozan de la particularidad de ser deambulantes. En el transcurso del proceso se suceden ciclos históricos, donde ciertos fenómenos humanos calan con rasgos similares sus acciones (forma), pero siempre las  motivaciones son distintas, porque obedecen a diversas conciencias temporales (fondo); esta singularidad impide que la disciplina pueda predecir el futuro. Por  lo mismo siempre será bueno leer la historia, ya sea como entretención como también para culturizarse, pero el verdadero sentido axiológico de la disciplina es generar una reflexión inflexiva entre el presente y ese pasado que nos parece ajeno, pero que en definitiva esta mas latente que nunca.


Imagen: Cultura Colectiva, Arte, 26/04/2019

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El Rock ha muerto

Por Catalina Soto.

El rock está muerto lo viene cantando hace 25 años ya Lenny Kravitz y Marylin Manson, y afirmando Gene Simmons.  Pero, es cierto?

En lo comercial al parecer si.  Desde hace un par de años se revelaron estadísticas que exponen que el rock más comercial, y aun millonario, vende sólo la cuarta parte que estilos como el R&B y el Hip hop.  Pese a la introducción de nuevos y diversos modelos de negocios en la industria (relanzamientos de vinilos, cajas de CDs, disponibilidad en bibliotecas digitales de material incluso inédito), el rock, en sus diversos estilos, no ha logrado remontar desde hace más de una década.  Incluso ha sido excluido de grandes premiaciones televisivas (por ej.: Grammys).

En el contenido, los mayores de 35 años hemos sido testigos de la mayoría del desarrollo del rock y, el que no, lo hemos llegado a conocer por nuestros padres o por influencias de nuestros héroes musicales:  el viejo blues y el rock and roll; el existencialismo de los clásicos; la experimentación de lo progresivo; el atrevimiento y visceralidad del punk; el elemento glam que acompañó la estética de importantes músicos; los bellos rostros y físicos que sexualizaron el heavy metal y variante hard rock (que no perdieron por ello la cuota de virtuosismo); la oscuridad del metal extremo, hasta el doom; llegando al desencanto y simplicidad del grunge.  Desde eso, en su mayoría sólo hemos visto evolucionar a artistas que, en su mayoría, han experimentado, haciendo mix con estilos más suaves o más pesados, sobretodo en sus carreras solistas o a través de la creación de super bandas; y otros con vagaje de 40 años o más, estirando la fórmula.

Respecto a los exponentes, no logramos reconocer artistas nuevos de la talla de los clásicos, repasando desde The Beatles, Elvis Presley, Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, Rush, Kiss, David Bowie, Lou Reed, U2, Guns N’ Roses, hasta los más contemporáneos como Nirvana, Pearl Jam, AIC, Soundgarden o Tool; aquí asoma como último gran y adorado exponente de una época el fallecido Chris Cornell.  Hoy en día sólo observamos bandas o artistas solistas haciendo reversiones de viejos clásicos, algunos muy buenos, sin duda, pero sin entregar una nueva e interesante propuesta, como por ej: Greta Van Fleet, Tyler Bryant & The Shakedown, Rival Sons, The Strokes o Jack White (muchos ven en él un salvador).  Tal vez no seamos conscientes un 100% de esta escasez, en tanto los fans aun agotemos las entradas a conciertos, para revivir buenos momentos.

Como cultura y, con la camiseta re puesta, podríamos citar que “solo muere lo que se olvida”, afirmando que el rock, en todas sus expresiones, vive en el alma de los millones de fans que aun lo comulgan, pero que ven morir a sus ídolos y no renacer a nuevos que brinden esperanza de continuidad del género musical.  Sin embargo, en cada etapa de cambio o nacimiento de nuevos estilos, también hemos sufrido de esta incertidumbre, producto de una humana resistencia al cambio, para ver nacer una y otra vez artistas que deslumbran.  Otros se afirman en que “el rock es actitud”, lo que abre el espectro a catalogar como rock innumerables comportamientos rebeldes no sólo de músicos rock, sino también de otros estilos, y gente de otros ámbitos (actores/actrices, escritores/as, artistas visuales, celebrities y hasta políticos).

Podría existir esperanza en la generación millenial, que ha sido invadida por la industria de una fiebre nostálgica por el rock? Habría que darles tiempo.  El rock, como lo conocemos, ya no vive, pero quién sabe si ya está cerrada la puerta por dentro.

WASHINGTON : Sebastián Piñera y Donald Trump

Banderas y espejos violentos

Por Gino Bailey.

“Chile está en el corazón de Estados Unidos”. Con estas palabras Sebastián Piñera abría la conversación con Trump en lo que sería su segunda visita a la Casa Blanca el año 2018. En ese preciso instante saca una hoja rectangular con la bandera de Estados Unidos, y al centro, aprovechando una de las estrellas inferiores demarca la segunda bandera, la chilena. Luego, una mirada complaciente de Trump, quien gesticulaba su risa dominante. Por un lado el presidente chileno , que coloca el bien común en segundo plano ante las inquietudes de su ego, un idiota en el sentido griego del término, y por otro, el déspota de la banalidad capitalista, la especulación, ignorancia y los negocios. 

Más que detenerse en lo que habrá querido decir “el idiota” en ese momento, lo importante está en el suceso completo. Ante todo la figuración de la bandera. Chile como subconjunto de Estados Unidos. Reflejo del programa experimental del neoliberalismo hecho en la escuela económica de Chicago y ensayo durante los años 80’ y 90’ en Chile. Estar en el corazón de Estados Unidos es más que un gesto de agradecimiento. Corresponde a transparentar el funcionamiento de Chile como una parte del Corazón  de Estados Unidos. Si esto fuera así, la resonancia de los latidos de Estados Unidos está todavía por descubrirse.

Un segundo aspecto es la alteración de los patrones originales de la bandera estadounidense para hacer coincidir las líneas y las estrellas con el rectángulo de la bandera chilena. Se reducen las estrellas y se quitan algunas líneas para estar en el corazón. Hay algo de pertenencia pero también existe una alteración para pertenecer, como la modificación de nuestra cultura por una de consumo y deuda.

El artefacto de la bandera opera como espejos de funcionamientos que en la realidad se están manifestando

Este espejismo neoliberal en crisis se expresó con el despertar y el estallido en octubre del 2019, reflejando la desigualdad, violación a los derechos humanos y cuestiones no resueltas desde 1973. Hoy nos afecta la pandemia global del COVID19 y el rectángulo de Piñera vuelve a escena y se diluye mostrando incapacidad de responder por lo social. El experimento neoliberal fue un ensayo de la economía de mercado y no de pilares de salud, educación, trabajo y cultura. Como consecuencia los sueños líquidos de la estabilidad forjados en los 90´ se diluyen y es el hambre, la pobreza y la caja de víveres la respuesta que se entrega en Chile. Mientras tanto, el resto de la bandera del país del norte comienza a sacudirse. El estallido social se traslada a Estados Unidos, donde también existe una de las peores gestiones en materia de salud frente a la pandemia. El asesinato de George Floyd genera una respuesta en cadena de la ciudadanía con base en el descontento social.

Las banderas son violentas y quieren disolverse. Lo más relevante es que como espejo hay algo de transparencia, donde podemos observar cuestiones de fondo, no resueltas por una sociedad de mercado. Elementos críticos como el racismo, el mismo del Ku Klux Klan heredado, que no pudo ser disuelto por la economía de mercado incrustada en lo social. Chile, aquel pequeño subconjunto,  se transparenta la pobreza. Aquella que era ejemplo de superación, no tuvo base sólida y fue resuelta a través de subsidios y arreglos monetarios, sin capacidad de ahorro en la población. Muchos lo sabíamos.

Represión, mutilación de ojos, utilización de fuerzas especiales con caballos, gases lacrimógenos, estallido y presencia de una delincuencia organizada invisible. Un estado de excepción en democracia, semejante a los fascismos más crudos que experimentó la humanidad a principios de siglo. Estos patrones compartidos hoy por Estados Unidos y Chile, son más que una simple coincidencia. Obedece a funcionamientos contenidos, semejantes. En sociedades que no resolvieron las bases y pilares de la democracia y vivieron la ficción de la economía financiera, el consumo de masas, la supermercadización de la vida cotidiana como retiro de un delivery. Pese a todo, el desencaje de la bandera y la disolución de las mismas es una cuestión cada vez más consciente por las ciudadanías, quienes se movilizan no por una consigna ideológica sino por una necesidad básica de justicia social.

Imagen: El Mostrador, 4 de Octubre 2018.

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El hambre del sur global

Por Gino Bailey.

Imagen Twitter @MegafonoPopular.

Boris Johnson – actual primer ministro del Reino Unido- compra medicina para el COVID19, sin tener un resultado oficial de pruebas en Oxford. Angela Merkel discute en el Consejo Europeo la inyección de recursos para asegurar el mercado de trabajo y la contención económica ante una eventual crisis estival.

Nguyen Xuan Phuc, primer ministro de Vietnam, cierra todas las fronteras con China, confina a sus aldeas y el resultado entrega una cantidad mínima de muertos y contagiados. ¡El socialismo tenía razón!, dirán algunos; ¡El totalitarismo oprime las libertades individuales! dirán otros.

En el continente americano se ve la porosidad de la vida ante la pandemia y las consecuencias en el cotidiano de las políticas económicas neoliberales. Mientras en Estados Unidos la población fallece en un genocidio sanitario, en América Latina el confinamiento interrumpe las redes económicas familiares, vecinales e informales en los barrios de las grandes ciudades. Confinarse implica el riesgo de la inseguridad, inclusive no comer y pasar hambre.

Esto nos hace recordar el incentivo monetario o la política fiscal de gran parte de los gobiernos de América Latina entre 1990 y 2000, con bonos y subsidios que establece una relación entre el Estado y los más pobres. No por nada, como señala Larrañaga y Contreras en un informe del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarollo), los paralelismos entre el Sistema de Protección Social chileno y la Bolsa de Familia en Brasil – destinado a los más pobres-  forma parte de una misma conducción política económica de la región sugerida por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional: subsanar las desigualdades y la pobreza con dinero, beneficios, créditos y emprendimientos precarios.

La dependencia de las políticas subsidiarias y la falsa promesa de garantías de derechos muestran hoy facetas de pobreza extrema y hambre agudizados en la pandemia. Las demandas de octubre 2019 en Chile, Ecuador y Colombia colocaron en la palestra la interrogante: ¿qué derechos se garantizan luego de los subsidios? Y la respuesta fue el cadavérico estado de excepción con su violencia anclado en el pasado. Se cayó el vestido y se desnudó, como el ropaje de un esqueleto que tuvo la virtud de conseguir siempre un buen disfraz para ahuyentar la miseria gracias al crédito y acceso del retail y la mala educación por la vestimenta de mayor acceso a universidades privadas.

La pandemia del COVID en mayo 2020 interroga hoy ¿qué pobreza hemos superado? Luego de treinta año de políticas fiscales neoliberales, octubre 2019 y mayo 2020 dejan en evidencia la fiereza de base que conlleva el capitalismo y su forma política, el roído esqueleto.  Hoy en Europa se discute ¿un capitalismo ético o moral es posible pos COVID19? Y las respuestas van en conciliar y equilibrar políticas de bienestar junto con el funcionamiento económico. Su historia común es lo que se transparenta ante la crisis. La misma de Vietnam con Hồ Chí Minh, quien en su legado fue algo más que un revolucionario comunista. Ese mismo pasado hoy se transparente en algunos países de Latinoamérica.

Chile y Brasil son dos ejemplos de transformaciones inconclusas, de derechos no garantizados y de políticas fantasmas que sirvieron para mostrar una estabilidad financiera. Mientras todo esto ocurría, las familias y redes familiares fueron la contención del cuidado y a su vez de las violencias cotidianas de niños y niñas y de la alimentación. Para ellos, el COVID19 [1] hoy se mueve en un esqueleto sin soporte donde el confinamiento no se vive ni experimenta en la seguridad de no pasar hambre o vivir en un hogar protegido. Justamente porque no se han garantizado derechos. El hambre en esta parte del sur global refleja la evidencia de una política económica sin justicia ecosocial y al mismo tiempo la necesidad de transformar las bases de otro contrato social pendiente al menos desde 1960.

[1] Fuente: “La morale e il capitalismo”https://rep.repubblica.it/pwa/commento/2020/05/18/news/coronavirus_la_morale_e_il_capitalismo-257035425/

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El triunfo del tango, de la samba, del funk brasileño y de la clase baja

Por Briana Bombana.

Cuando vivía en Uruguay, muy probablemente, en una de las mejores experiencias antropológicas que he vivido nunca: la maravillosa feria Tristán Navaja de Montevideo, me compré un cuadro-póster que lucía “El triunfo del tango”. Si bien me gusta el estilo musical mencionado, la verdad es que no lo conozco tanto como para saber de qué canción o cantante trataba mi nueva adquisición. Me lo compré porque era bonito y, sobre todo teniendo en cuenta mis ingresos de estudiante, porque era barato. Actualmente, el poster referido se encuentra colgado en una de las paredes de mi habitación y fue solamente el otro día que se me ocurrió buscar algo más de referencia sobre la presunta canción que le da el nombre. En esa tarea, confirmé que la frase en destaque es realmente una canción, la cual fue compuesta por un chileno llamado Osman Perez Freire y, dado que escribo para esa radio que es su paisana, pensé que convendría darle un poco más de importancia, así que seguí leyendo un rato más sobre el susodicho. 

Para les que no saben, Osman Perez Freire, que era nieto del expresidente chileno General Ramón Freire, fue músico y compositor de diversos tipos de canciones tradicionales y, también, de muchos tangos. Entre los detalles de su breve biografía hallada en internet, la siguiente frase me llamó especialmente la atención: “Él fue uno de los ejemplos más claros que confirman nuestra teoría de que la aristocracia y la clase alta, en general, no despreciaban el tango”. Es decir, desde mi sesgo personal, que ve al tango como un componente de una cultura extranjera refinada, es diacrónico con la época en que vivió Perez Freire, y no muy interesado, hasta el momento, en sus orígenes, se me planteaba la duda: ¿El tango, vendido en todo el mundo como lo máximo de la elegancia, no ha sido siempre de la aristocracia y de la clase alta?

Pues no, resulta que el tango se originó inicialmente entre las clases menos favorecidas, en los bares, cafés y prostíbulos; y, luego, fue ganando terreno en las salas dónde las clases más favorecidas solían acudir, siendo hoy por hoy patrimonio inmaterial de la UNESCO. Coincidentemente (o no), su prima sudamericana un poco menos elegante pero igual de famosa, la samba, tuvo un destino similar: salió de las favelas de Río para recibir prestigio mundial, siendo también titulada como obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad por la misma UNESCO. Esa escalada de importancia, no obstante, no le fue fácil a esa última que, en sus inicios, era considerada un acto de merodeo, crimen capaz de llevar les sambistas a la cárcel. “Tiempos antiguos” algunes dirían, si no fuera por el hecho de que actualmente hay una propuesta de ley en Brasil para la criminalización del funk brasileño, otro ritmo originario de las favelas, contemporáneo y muy popular, con el argumento de que fomenta relaciones sexuales prematuras y el asesinato de policías, basándose en una imagen estereotipada de la cultura de la clase baja. Anitta, una cantante pop que ha logrado reconocimiento internacional después de empezar su carrera en los bailes funk (el evento emblemático de la periferia dónde se toca y se baila el estilo aludido), remarca: “creo que las personas debían entender el país dónde viven para poder criticar el funk… si quieres cambiar el funk o de lo que éste habla, entonces debes cambiar la raíz, las cuestiones educacionales… que permiten su creación”.

En lo que se refiere a mi opinión personal, así como mi cuadro, todos esos estilos musicales son bonitos para quienes los disfrutan pero, sobre todo, son baratos… de generar, “distribuir” y disfrutar, a final solo hay que tener animación, una letra realista, y algún tipo de instrumento asequible para ser tocados. Pese a los prejuicios de una parte de la clase alta, esa cercanía con lo accesible y lo popular es lo que siempre les dará, por nuestra suerte general, la chicha necesaria para triunfar.

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Coronavirus y la unificación planetaria

Las epidemias y pandemias han acompañado a la humanidad al menos desde que se registra la historia escrita. Uno de los patrones es la vinculación entre especies animales con seres humanos. La más recordada es la peste negra o bubónica – vinculada al contacto con ratones- que en 1350 acabó con cerca de un tercio de la población mundial. El VIH en 1980, la gripe asiática en 1950 y la “gran influenza” de principios de siglo XX han sido antecedentes pandémicos con consecuencias fatales.

Hace algunos días atrás la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha declarado la situación del Coronavirus pandémica y hace un llamado a todos los gobiernos y autoridades cumplir con los protocolos y medidas que tiendan a disminuir el contacto y su propagación. Sin embargo, todo depende del modelo de sociedad que hemos establecido: si se garantizan los derechos universales a la salud, si somos culturalmente consientes de los grupos más vulnerables, si controlamos la especulación y enriquecimiento de los fármacos, entre otras cosas. En China y Japón el control y el no contacto ha surtido efecto, en España e Italia la no conciencia de su población ha incrementado la alerta.

De todos modos, el mensaje del Coronavirus en un mundo globalizado debiera ser otro. La gran diferencia entre esta pandemia y otras históricas es que ocurre en un planeta que se encuentra en el decline de su vida como especie tal y como la conocíamos. Independiente de las idiosincrasias planetarias el mensaje es el de tomar conciencia como especie, depositarla en un bien común y jerarquizar lo realmente importante de vivir en el planeta tierra.

La conciencia como especie es que estamos sujetos a la vida y la muerte y estamos expuestos. Además, somos una especie que pese a la diferencia tendemos y nos esforzamos por vivir y convivir. En eso, pese a las contradicciones políticas y económicas del Estado chino con su propio pueblo, ha tenido gestos para con Italia en la colaboración con profesionales. En Italia, pese a sus errores idiosincráticos como no ver la gravedad del virus, hoy por hoy intentan hacer comunidad a través de la música y el canto entre los balcones de los departamentos. En Francia, pese a las políticas neoliberales el mensaje es claro en garantizar el acceso universal al alcohol en gel y controlar su precio en las farmacias. La conciencia amplificada es que pese a las diferencias somos una única especie, que vivimos en un único mundo y que como tal tendemos a poner el valor elementar de vivir.

El bien común está en el desdoblamiento de la conciencia. ¿Qué es lo que está en juego además de mi salud individual? El resto, la comunidad, los más vulnerables. El bien común implica también una toma de conciencia mayor, donde nuestras acciones sean pensadas para otras generaciones, para quienes son más frágiles y para dar garantía al conjunto de convivir mejor con la pandemia. Aquí claramente algo hace ruido: la estructura política económica de un país. Será más fácil en aquellas sociedades donde los derechos estén garantizados constitucionalmente, y será más difícil tender hacia esto en sociedades donde los derechos individuales y económicos, estén por sobre lo común. En China se logró con un extremo sobre los derechos civiles. En Italia y España, priorizando justamente el sistema sanitario común.

Finalmente la jerarquía. Es relevante jerarquizar la salud y convivencia por sobre la rentabilidad económica. Trabajar menos horas, activar el tele trabajo, desactivar las economías turísticas pueden tener un impacto económico relevante. Pero si eso viene acompañado con una red organizada de abastecimiento de proximidad, agricultura de proximidad y servicios locales de proximidad, seguramente el único impacto que veremos negativo en la economía no será aquella de base, sino los grandes consorcios con fines especulativos. Puede convivir una medida de inmunización a través de estrategias colectivas de base que garanticen la alimentación en una población local.

Las enseñanzas que está dejando esta pandemia es que podemos actuar intentando ampliar la conciencia. Las medidas de inmunización y de higiene no debieran ser una respuesta individual, sino comunes, en la medida que tanto las condiciones sociales como las acciones individuales tiendan hacia el bienestar colectivo y no individual.

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Especial: Vuelta a clases en el cine

Sin dudas, una de las etapas más importantes en la vida de toda persona es la época escolar. Por eso no es raro que los colegios y universidades, la comunidad escolar son una buena e inagotable fuente de inspiración para muchas películas.

Hay casos, en que la experiencia escolar puede ser traumática, como le pasa al protagonista de “Pink Floyd: The Wall”, cuyo estricto profesor coarta su libertad creativa durante su infancia, y termina siendo un simbólico ladrillo del muro que lo aisla cada vez más del mundo. También está “Sing Street”, mezcla de comedia romántica, musical y drama que toca varios temas, siendo uno de los más interesantes el conflicto entre el protagonista y el director del colegio, un conservador sacerdote católico que lo castiga por diferentes motivos. Y por supuesto, no pueden faltar los chicos de “El Club de los Cinco” que, siendo tan diferentes, descubren que tienen mucho en común al no ser comprendidos por los adultos, ya sean sus propios padres o el director del colegio (dirigida por el fallecido John Hughes, nombre clave en la creación de algunas de las películas más famosas del cine adolescente-escolar ‘80s).

El bullying también es tema frecuente en muchas películas, pasando por diferentes casos. En “Karate Kid”, Daniel Larusso cae víctima de los Cobra Kai, un grupo de karatecas que también estudian en su colegio y que lo atacan mayormente por un tema de celos de su líder. Por su parte, el inofensivo Jerry Mitchell hace lo imposible para evitar una posible confrontación fatal con el peligroso Buddy Revell a la salida de clases en “Cita con el Peligro”, pero nada de lo que intenta resulta y el tiempo se le acaba. Y Clifford debe recurrir a medidas más drásticas y recurre a Linderman, un adolescente de mala reputación, para defenderlo del matón Moody en “Mi Guardaespaldas”. Y aunque sean comedias, las experiencias de Josie Geller en “Jamás Besada” y de los miembros de la fraternidad Lambda Lambda Lambda en “La Venganza de los Nerds” no pasan desapercibidas. Aún más lejos, las amigas Romy White y Michele Weinberger se inventan carreras exitosas para evitar las burlas de sus ex-compañeros durante una reunión en “Romy y Michele”. En cuanto al cine de terror, ya vemos qué pasa cuando una víctima constante de bullying descubre su poder justo cuando la ridiculizan durante la fiesta de graduación (Carrie). Finamente, y mucho más seria, “Elephant” de Gus Van Sant toma elementos del caso real de la masacre de Columbine High para mostrar a dos amigos que disparan contra sus compañeros y profesores tras ser víctimas de bullying por muchos años.

Muy de cerca lay discriminación que se ve en comedias como “Chicas Pesadas”, “Alguien Maravilloso”, “La Chica de Rosa”, “Soul Man”, “Napoleon Dynamite” y “Un Muchacho como Todos”, donde la joven Terry, acusando discriminación por su sexo, decide hacerse pasar por un chico para ver si sus reportajes realmente son buenos. En cintas más serias, David Greene se enfrenta al antisemitismo de sus compañeros en “Código de honor” y en la chilena “Machuca”, un proyecto para integrar estudiantes de origen humilde en un exclusivo colegio es visto con malos ojos por los apoderados, justo en los días previos al golpe de estado.

También están los profesores inspiradores, como los de “Al Maestro con Cariño”, “La Sociedad de los Poetas Muertos”, “La Sonrisa de Mona Lisa”, “En Busca del destino”, “Escritores de la Libertad”, “Escuela de Rebeldes”, “Con Ganas de Triunfar”, “Cielo de Octubre”, “Los Profesores” y “Mentes Peligrosas”, basada en un caso real. En historias más simples, tenemos comedias como “Cambio de Hábito 2”, “Escuela de Rock” y “Loca Escuela del Desorden”, que parodia a muchas de las películas mencionadas antes. Caso aparte es “El Director”, donde James Belushi interpreta al nuevo director de un colegio de malos elementos, a los que pretende eliminar a toda costa.
A nivel más existencialista, tenemos “Las Ventajas de ser Invisible”, “Rushmore” y “Con Honores”, y comedias más relajadas y absurdas como “De Vuelta al Colegio”, “Ni Idea”, “Senior Trip”, “Un Experto en Diversión” y “Escuela de Descarriados”, con Sean Penn en un papel que jamás volveremos a ver.

La lista sigue y sigue… como ya ven, mientras tengamos escuelas, estudiantes y profesores, habrá material para rato.

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