Las epidemias y pandemias han acompañado a la humanidad al menos desde que se registra la historia escrita. Uno de los patrones es la vinculación entre especies animales con seres humanos. La más recordada es la peste negra o bubónica – vinculada al contacto con ratones- que en 1350 acabó con cerca de un tercio de la población mundial. El VIH en 1980, la gripe asiática en 1950 y la “gran influenza” de principios de siglo XX han sido antecedentes pandémicos con consecuencias fatales.

Hace algunos días atrás la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha declarado la situación del Coronavirus pandémica y hace un llamado a todos los gobiernos y autoridades cumplir con los protocolos y medidas que tiendan a disminuir el contacto y su propagación. Sin embargo, todo depende del modelo de sociedad que hemos establecido: si se garantizan los derechos universales a la salud, si somos culturalmente consientes de los grupos más vulnerables, si controlamos la especulación y enriquecimiento de los fármacos, entre otras cosas. En China y Japón el control y el no contacto ha surtido efecto, en España e Italia la no conciencia de su población ha incrementado la alerta.

De todos modos, el mensaje del Coronavirus en un mundo globalizado debiera ser otro. La gran diferencia entre esta pandemia y otras históricas es que ocurre en un planeta que se encuentra en el decline de su vida como especie tal y como la conocíamos. Independiente de las idiosincrasias planetarias el mensaje es el de tomar conciencia como especie, depositarla en un bien común y jerarquizar lo realmente importante de vivir en el planeta tierra.

La conciencia como especie es que estamos sujetos a la vida y la muerte y estamos expuestos. Además, somos una especie que pese a la diferencia tendemos y nos esforzamos por vivir y convivir. En eso, pese a las contradicciones políticas y económicas del Estado chino con su propio pueblo, ha tenido gestos para con Italia en la colaboración con profesionales. En Italia, pese a sus errores idiosincráticos como no ver la gravedad del virus, hoy por hoy intentan hacer comunidad a través de la música y el canto entre los balcones de los departamentos. En Francia, pese a las políticas neoliberales el mensaje es claro en garantizar el acceso universal al alcohol en gel y controlar su precio en las farmacias. La conciencia amplificada es que pese a las diferencias somos una única especie, que vivimos en un único mundo y que como tal tendemos a poner el valor elementar de vivir.

El bien común está en el desdoblamiento de la conciencia. ¿Qué es lo que está en juego además de mi salud individual? El resto, la comunidad, los más vulnerables. El bien común implica también una toma de conciencia mayor, donde nuestras acciones sean pensadas para otras generaciones, para quienes son más frágiles y para dar garantía al conjunto de convivir mejor con la pandemia. Aquí claramente algo hace ruido: la estructura política económica de un país. Será más fácil en aquellas sociedades donde los derechos estén garantizados constitucionalmente, y será más difícil tender hacia esto en sociedades donde los derechos individuales y económicos, estén por sobre lo común. En China se logró con un extremo sobre los derechos civiles. En Italia y España, priorizando justamente el sistema sanitario común.

Finalmente la jerarquía. Es relevante jerarquizar la salud y convivencia por sobre la rentabilidad económica. Trabajar menos horas, activar el tele trabajo, desactivar las economías turísticas pueden tener un impacto económico relevante. Pero si eso viene acompañado con una red organizada de abastecimiento de proximidad, agricultura de proximidad y servicios locales de proximidad, seguramente el único impacto que veremos negativo en la economía no será aquella de base, sino los grandes consorcios con fines especulativos. Puede convivir una medida de inmunización a través de estrategias colectivas de base que garanticen la alimentación en una población local.

Las enseñanzas que está dejando esta pandemia es que podemos actuar intentando ampliar la conciencia. Las medidas de inmunización y de higiene no debieran ser una respuesta individual, sino comunes, en la medida que tanto las condiciones sociales como las acciones individuales tiendan hacia el bienestar colectivo y no individual.