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Admirable playa nueva*

Por Briana Bombana.

Es sábado, me despierto relativamente temprano porque ya ha empezado la temporada estival y quiero ponerme morena. Además, la vitamina D producida al exponer nuestra piel al sol parece estar relacionada con un aumento de la capacidad inmunológica, lo que nos viene bien a todes para protegernos del coronavirus. Para garantizar mi plan, ya hace algunos días que le solicité a la administración municipal una cita previa: Tengo ahora un espacio de 2,5×2,5m enterito para mí reservado en la playa, entre las 10h a las 14h. Desayuno tranquila, la compra que hice en el supermercado en la noche anterior ya fue higienizada, recién llegada a casa con la ayuda imprescindible de un grifo con agua corriente y un detergente. El mate y mi pan con mermelada están, al menos en mi conciencia, libres de virus. Paso al lavabo, me lavo los dientes mientras voy listando mentalmente todo lo que necesito llevar en mi bolso playero: el pareo, la toalla, el sombrero, la crema solar, las gafas de sol, la botella de agua, el móvil y los auriculares, un libro de la trilogíaMilleniumde Stieg Larsson. A eso, le añado las novedades más frescas de este verano: el alcohol en gel para manos, la mascarilla y mis documentos para comprobar dicha cita previa. Con eso, creo que tengo todo. Y, unos minutos después, mis chanclas compradas por internet (pasé toda la cuarentena con miedo a las tiendas), ya se encuentran en el ascensor emprendiendo el viaje hacia el mar, juntas a su dueña: yo.

Tras haber pasado meses solamente saliendo de casa para ir al supermercado en coche, la cuadra y media que separan mi piso de la playa se me hacen un poco desconocidas. Ya me olvidaba yo de este pequeño reparo en relieve en la acera de concreto que despliega un gran potencial para deslices, de la placa de calle mal posicionada en la esquina en que uno no logra saber exactamente si se trata de la calle en que está o de la que se le atraviesa, y tampoco me recordaba de la exageración lumínica del escaparate del negocio de vestidos para bodas. Igualmente, el no saber si soy capaz de disimular mi mirada miedosa a cualquier persona que se cruza conmigo en este camino me genera incomodidad. A pesar de todas las sensaciones novedosas, me siento agradecida por poder caminar un rato y poder observar el cielo más allá del marco de las ventanas de mi piso.

A paso lento, en fin, me presento en el paseo marítimo. Al avistar el mar, la sensación de agradecimiento se alarga… Hasta que me doy cuenta que el carril de entrada a la playa se ubica a unos 600metros de donde estoy. ¡Qué pesadilla! Fíjense, no es que esté tan lejos, pero ahora ya empiezo a recordarme de todo como un espacio potencial de contagio. Por suerte, en mi lista de Spotify empieza Estate” de João Gilberto, canción la cual me hace distraer y, por tanto, me ayuda a continuar tranquila hacia el objetivo final de tomar el sol. Cuando doy por mí, ya he caminado lo que me quedaba y puedo, por fin, pisar la arena. Sin embargo, unos segunditos antes de llevar dicha acción a cabo, soy interrumpida de golpe. Un muchacho elegante, dorado por el sol, sin camiseta, pero dotado de visera con pantalla protectora facial transparente (¡que cansancio sólo decirlo!) se me acerca con su bote de gel desinfectante. Preparado para el ataque, expone muy formalmente: “Señorita, por favor, quítese las chanclas, se las ponga en este bolso plástico y, antes de adentrar el arenal, permíteme que desinfecte sus pies. Por 5 dólares más, si le apetece, también podemos hacer dicha desinfección con un masaje de 10minutos. En este caso, sólo tiene que dirigirse a la zona de hamacas amarillas, se la puede ver desde aquí, ¿sí?”. Todavía un poco aturdida, no sé si por el calor o por la cantidad de información, le digo en voz baja que “no, gracias”, por lo que procede a hacer la desinfección versión estándar, luego de también pedirme mi documento de identificación, verificar cuánto tiempo de reserva dispongo, dejarme una “pulserita-alarma” que tocará en cuanto se me acabe el tiempo de visita e indicarme el área que me corresponde. Muy contenta, reflexiono “qué bien, me encanta la sensación de tocar los granitos de arena con mis pies… todo eso valdrá la pena”.  Llego a mi cuadradito, me acomodo manteniendo con mis vecines las distancias permitidas, y me pongo a leer. Pasados 15minutos, recibo un pelotazo en la cara de una niña que jugaba en la zona de deportes, muy cercana a la de descanso. “Al parecer no me ha tocado la mejor zona de la playa” pienso, pero sobre todo “¿Hasta cuándo caraj*? Si no pronto, ¡que al menos inventen la crema solar con alcohol en gel!”.

* Este texto está basado en algunos hechos reales vistos y pensados para el contexto de la pandemia.

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Ralentización planetaria pos pandemia

Por Gino Bailey.

Es mayo en Europa y ha iniciado la fase de desescalada de la pandemia en algunos países. Las 8 de la tarde y luego de aplaudir y abrazarse – ritual que se ha empujado desde que se decretó la cuarentena- todos se abalanzan a las calles. En dos días mucha gente se convirtió en runningaquí en Barcelona. Antes de la pandemia uno no se encontraba chocando por las aceras con las personas a la hora de trotar. Ahora sí. La gente se reúne también en las esquinas, son los horarios permitidos: de 6 a 10 y de 8 a 11 de la noche. 

Una de las señales que ha dejado la pandemia es el cuestionamiento severo al tiempo y su relación con los seres humanos como especie. El tiempo de trabajo para muchos. Aquel que comienza a las 05 AM cuando la alarma despierta a los trabajadores de la construcción en Europa- casi todos del sur global- para trasladarse a sus faenas. El beso de una madre salvadoreña u hondureña antes de ir a limpiar casas particulares, mientras obtiene su permiso de residencia. La última mascarilla utilizada en turnos nocturnos por parte de una asistente paramédica, luego de vivir más de un mes expuesta a alto riesgo. ¿Dónde ha quedado la mirada sobre el cotidiano? Una larga fila en la cadena de supermercados Lidl controla la entrada. Guantes y alcohol. Se solicita mantener la distancia de dos metros que cuesta respetar. 

El tiempo es más lento, existe una advertencia al consumo de masas y al transporte de masas. Si no existe una conciencia común es probable que se propague el contagio. Aunque las fuerzas políticas disidentes quieren volver todo a la “normalidad”, en realidad se tendrá que volver, pero no a la normalidad. El gran fracaso en tiempos de pandemia ha sido la evolución del capital financiero. Totalmente inútil y poco cooperativo para el resto de sistemas que si sostienen la vida en el planeta

Chiara Bianchini[1] rescata el modo en que el tiempo en la pandemia se ha convertido en  alternativas que posibilitan la vida: redes de auto-organización barrial para asistir contra la violencia y en ayuda de adultos mayores; terapia psicosocial hecha por voluntarias a través de zoom; toma de conciencia del trabajo en el cuidado por el otro; disminución de los tiempos de trabajo: toma de conciencia de la salud por sobre la economía; las señales de la naturaleza y el respiro ecosistémico; autodeterminación en algunas localidades cortando acceso a balnearios.

Ha iniciado el después o quizás nunca habrá un después. Ralentizar el tiempo del capital implica un cuestionamiento más profundo de la economía predominante tirando la cuerda ya no para aplanar la curva, sino para equilibrar la balanza en favor de las especies, incluyendo la nuestra. En la economía cotidiana de inmigrantes y más empobrecidos donde la vida no esté más en cuarto, quinto o último lugar.  La salud de los ecosistemas pone en la balanza al resto de las especies, la pobreza, injusticia y las formas violentas que aun hoy existen para algunos seres humanos en el nombre de una nación o de alguna consigna inútil para la subsistencia planetaria.

[1]  https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/no-infierno-chiara-bianchini 

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Ralentización de la vida ante la pandemia: ¿control capitalista o emancipación?

Por Gino Bailey.

El Corona Virus, así como el colapso del cambio climático, los diversos desastres socionaturales que se observan en el mundo, no han hecho más que acelerar un proceso de transformación global que nos convoca a la dimensión más humana y ecológica de la existencia.

Por estos días intelectuales incidentes en la discusión global han entrado en polémica acerca de los impactos y consecuencias que ya se perciben en torno al COVID19.  El primero en abrir los fuegos ha sido el filósofo Žižek quien realiza un análisis de segundo orden a la contingencia de lo que implica parar el funcionamiento cotidiano de las sociedades europeas. Una detención que pese a no garantizar nada en lo concreto se expresa en contra del funcionamiento económico global.

Para Byung Chul Han – el filósofo pop surcoreano-  lo que evidencia el virus es una diferencia cultural en cómo lo hemos abordado. Sociedades orientales, quienes no cuestionan el control del estado y la disciplina en la higiene, así como el uso de la mascarilla en espacios públicos, versus sociedades occidentales europeas que ven la mascarilla como peligro y control. Más allá de esta línea analítica es interesante la mirada de Byung en relación al sistema de seguridad y control del estado Chino, donde ha empleado un estado tecnocapitalista eficiente con drones, control personal, vigilancia estricta en espacios públicos y sobre internet.

Por esta razón no ve ninguna esperanza en los planteamientos de Žižek, puesto que lo que tenderá a pasar es seguir el éxito chino del control de un tecnocapitalismo voraz respecto a los recursos naturales. Esto está en línea a lo que cree Naomy Klein con las catástrofes capitalistas como oportunidad de las finanzas

El filósofo y politólogo italiano Giorgo Agamben ha radicalizado un poco más esta tendencia. Fiel a su línea de pensamiento retrata lo que ocurre en Italia y el resto de Europa como un “estado de excepción permanente” Es decir que la cuarentena sanitaria suspende las libertades en contextos democráticos y no solo eso, sino que tiende a legitimarse como una forma política del capitalismo. Algo similar a lo ocurrido en el estallido social de octubre 2019 en Chile. 

Jean Luc Nancy discrepa con Agamben porque más que control eficiente de la excepción, lo que ha mostrado esta cuarentena es el fracaso del sistema sanitario – tecnológico dispuesto al servicio de la vida. Muy por el contrario de lo que establece Agamben y Byung Chul Han, en el cotidiano y día a día, en lo inobservable por la filosofía de la cuarentena y el cómodo café del hogar, se han mostrado lazos de solidaridad de trabajadoras y trabajadores de la salud pero no solo, sino también de auto-organización barrial para contener hechos de violencias contra la mujer o de atención con los adultos mayores. Clases gratuitas a distancia, asistencia psicológica en línea también gratis, reparto de comida entre vecinos que si han podido desplazarse.

A un cierto punto volvemos al postulado de Žižek, no tanto por su contenido, sino porque describe una parte de la realidad visceral y cotidiana. Lo que dejó de funcionar, aquello que cambió y la ventana que se está abriendo. Una ventana que hoy miramos desde la cuarentena, pero que el día de mañana se fortalecerá como la oportunidad de seguir construyendo otras opciones emancipatorias respecto del capital.

Referencias:
https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31388/Slavoj-Zizek-coronavirus-comunismo-capitalismo-globalizacion-economia.htm
https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html
https://www.agi.it/blog-italia/scienza/post/2020-03-19/coronavirus-complotto-governi-7643757/

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Somos todes uno más allá de la pandemia COVID-19

Lavarse las manos, toser en el pliegue del codo, quedarse en casa, evitar tocar la cara, no tomar ibuprofeno en caso de síntomas. A la vez, no desesperase. Listo, habiendo recordado lo básico del checklist de la responsabilidad con el fin de combatir y no contribuir con la pandemia COVID-19, inserto reflexión semi-paralela:

Muchas de las filosofías orientales, como el yoga, defienden que somos una integración entre mente, cuerpo y espíritu. Yo, particularmente, creo en ello. A finales del año pasado, en medio al caos personal que me supuso dejar Barcelona tras haber vivido cuatro años en esa ciudad increíble – dónde no solo desarrollé mi tesis doctoral, bien como cultivé una familia ampliada de amigues, una rutina lejana de las amarras de la sociedad de donde provengo y un grupo de colegas que profesionalmente son de quitarse el sombrero – me enfermé. Yo que siempre presumí de nunca quedarme sin voz (uso literal), me hallé en dicha situación, en la cual también se sumaron dolores en la espalda, garganta y una piel granosa. A mí me quedó claro: esos síntomas estaban llamándome a un descanso del estrés emocional-físico de las despedidas y del cansancio corporal por la logística de la mudanza a que estaba sometida. Era hora de parar y cuidarme.

Pero, ¿dónde queda el límite entre esa unidad integrada por tres partes que somos y las demás unidades (léase personas) de la sociedad? ¿Hasta dónde yo soy yo, solamente yo, y tú eres tú, solamente tú? Preguntas tramposas que añaden un grado más de complejidad al pensar nuestras vidas. En ese sentido, creo que los grupos sociales de los cuales hacemos parte, en verdad, solo son reflejos expandidos de nosotres como individuos (vaya, ¡gracias por iluminarnos con lo obvio!). Si bien es verdad que, y aquí la ecología no me deja afirmar nada diferente, ese todo social es más que la suma de los individuos, potencialmente y muy probablemente también puede reproducir dinámicas de esos últimos.

Teniendo lo anterior en cuenta, pienso interpretar el COVID-19 como ese conjunto de síntomas que nos está afectando como sociedad para pasarnos el siguiente mensaje: frenad y solidarizaros. No soy la primera en exponerlo. Hay un desequilibrio muy grave entre lo que nuestra mente y espíritu colectivos están concibiendo y lo que está sintiendo nuestro cuerpo colectivo. Nuestra búsqueda imparable por consumir siempre más (recursos, productos manufacturados, experiencias, personas, etc.), nuestra generalizada falta de empatía hacia los demás (incluso, de otras especies) y ausencia de conciencia de clase, nuestras acciones cotidianas repletas de prejuicios y egoísmos… son pistas para ese entendimiento. Agregando insulto a la lesión a través de un ejemplo directo, una de las dos hipótesis del origen de la transmisión del COVID-19 en la especie humana se refiere a una mutación proveniente de una especie animal comercializada para el uso humano (algo similar pasa con otras enfermedades, tal como la influenza), haciéndonos replantear hasta qué punto esa práctica (la producción y la comercialización animal) es realmente sana y beneficiosa para la sociedad humana, más allá de la clásica discusión respectiva a los demás seres vivos (es decir, el antiespecismo).

El momento requiere responsabilidades sí, pero sobre todo aquellas que traspasan la contención de la pandemia para incluir medidas de contención de sus causas subyacentes. En ese planeta, o somos todes uno o no seremos. ¡Namasté!

Leyenda de la foto en adjunto: Billete de solidaridad colgado en el ascensor de un edificio en Brasil en esta semana “Estimados vecinos, ante la pandemia COVID-19 (más peligrosa en personas mayores de 65 años o enfermos crónicos) me pongo a la disposición para ir al supermercado y/o farmacia caso necesiten. Cuidemos de todos! Att, Daniel Rocha (apto. 202)”. Fuente: Fernando Paiva.

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Coronavirus y la unificación planetaria

Las epidemias y pandemias han acompañado a la humanidad al menos desde que se registra la historia escrita. Uno de los patrones es la vinculación entre especies animales con seres humanos. La más recordada es la peste negra o bubónica – vinculada al contacto con ratones- que en 1350 acabó con cerca de un tercio de la población mundial. El VIH en 1980, la gripe asiática en 1950 y la “gran influenza” de principios de siglo XX han sido antecedentes pandémicos con consecuencias fatales.

Hace algunos días atrás la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha declarado la situación del Coronavirus pandémica y hace un llamado a todos los gobiernos y autoridades cumplir con los protocolos y medidas que tiendan a disminuir el contacto y su propagación. Sin embargo, todo depende del modelo de sociedad que hemos establecido: si se garantizan los derechos universales a la salud, si somos culturalmente consientes de los grupos más vulnerables, si controlamos la especulación y enriquecimiento de los fármacos, entre otras cosas. En China y Japón el control y el no contacto ha surtido efecto, en España e Italia la no conciencia de su población ha incrementado la alerta.

De todos modos, el mensaje del Coronavirus en un mundo globalizado debiera ser otro. La gran diferencia entre esta pandemia y otras históricas es que ocurre en un planeta que se encuentra en el decline de su vida como especie tal y como la conocíamos. Independiente de las idiosincrasias planetarias el mensaje es el de tomar conciencia como especie, depositarla en un bien común y jerarquizar lo realmente importante de vivir en el planeta tierra.

La conciencia como especie es que estamos sujetos a la vida y la muerte y estamos expuestos. Además, somos una especie que pese a la diferencia tendemos y nos esforzamos por vivir y convivir. En eso, pese a las contradicciones políticas y económicas del Estado chino con su propio pueblo, ha tenido gestos para con Italia en la colaboración con profesionales. En Italia, pese a sus errores idiosincráticos como no ver la gravedad del virus, hoy por hoy intentan hacer comunidad a través de la música y el canto entre los balcones de los departamentos. En Francia, pese a las políticas neoliberales el mensaje es claro en garantizar el acceso universal al alcohol en gel y controlar su precio en las farmacias. La conciencia amplificada es que pese a las diferencias somos una única especie, que vivimos en un único mundo y que como tal tendemos a poner el valor elementar de vivir.

El bien común está en el desdoblamiento de la conciencia. ¿Qué es lo que está en juego además de mi salud individual? El resto, la comunidad, los más vulnerables. El bien común implica también una toma de conciencia mayor, donde nuestras acciones sean pensadas para otras generaciones, para quienes son más frágiles y para dar garantía al conjunto de convivir mejor con la pandemia. Aquí claramente algo hace ruido: la estructura política económica de un país. Será más fácil en aquellas sociedades donde los derechos estén garantizados constitucionalmente, y será más difícil tender hacia esto en sociedades donde los derechos individuales y económicos, estén por sobre lo común. En China se logró con un extremo sobre los derechos civiles. En Italia y España, priorizando justamente el sistema sanitario común.

Finalmente la jerarquía. Es relevante jerarquizar la salud y convivencia por sobre la rentabilidad económica. Trabajar menos horas, activar el tele trabajo, desactivar las economías turísticas pueden tener un impacto económico relevante. Pero si eso viene acompañado con una red organizada de abastecimiento de proximidad, agricultura de proximidad y servicios locales de proximidad, seguramente el único impacto que veremos negativo en la economía no será aquella de base, sino los grandes consorcios con fines especulativos. Puede convivir una medida de inmunización a través de estrategias colectivas de base que garanticen la alimentación en una población local.

Las enseñanzas que está dejando esta pandemia es que podemos actuar intentando ampliar la conciencia. Las medidas de inmunización y de higiene no debieran ser una respuesta individual, sino comunes, en la medida que tanto las condiciones sociales como las acciones individuales tiendan hacia el bienestar colectivo y no individual.

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