Por Ximena Martínez.

Es usual que los propietarios de viviendas enrejen sus ventanas hacia la calle, buscando protegerse de eventuales sucesos delictivos, acciones de extraños que pudieran quebrar su tranquilidad doméstica.

El vecino del departamento 304 ha decidido colocar rejas metálicas no a las ventanas que se orientan a la calle como es habitual, sino a una zona interior privada y común a sus vecinos, de la cual es copropietario y donde además el acceso a los residentes es vigilado.

Probablemente sin querer ofender a la comunidad, al vecino le ha venido una sensación de inseguridad, influida quizás, por el bombardeo de noticias rojas y el populismo punitivo de algunos políticos. El problema de la sensación de inseguridad es que misteriosamente es muy contagiosa, por lo que “la propensión al miedo y la obsesión por la seguridad han ido ganando terreno, a pasos agigantados” dirá el sociólogo Zygmunt Bauman (2006) y en ese sentido, sería desolador ver en un tiempo más las otras ventanas entre rejas. 

El concepto de seguridad en su etimología deviene del latín securĭtas:como la cualidad de estar “sin cuidado”, condición que quizás se experimenta de manera inconsciente en los primeros años de vida cuando otros se hacen cargo de cuidarnos. Con el paso del tiempo vamos aprendiendo a cuidar de nosotros mismos, pero también a dejar que otros nos protejan en momentos de fragilidad. 

Ciertamente el modelo de sociedad en el que vivimos ha promovido la disolución de la confianza, esto se observa en una miríada de cosas cotidianas que en tiempos pasados se hacían de otra manera. “Le doy mi palabra” es una frase que en estos tiempos se escucha a lo lejos, porque el compromiso de una acción hoy día está sujeto a un contrato, una factura o un notario; o en la casi extinta expresión “me la mira” dicha por quien deja su bicicleta al cuidado de una persona desconocida.  

El mercado no solo advirtió lo contagioso del miedo y la sensación de inseguridad, generando negocios rentables. De esta manera las empresas interesadas en conocer nuestros miedos crean aplicaciones móviles [1] en las que voluntariamente nos apuntamos entregándoles información a cambio de una ilusoria protección. En las grietas o fallas de las instituciones también se ha encontrado una oportunidad de negocio, así los seguros complementarios de salud en Chile se venden como “pan caliente” reemplazando a las lentas prestaciones del sistema de salud público, pero también a la ferocidad con la que opera el sistema de salud privado en la lógica costo-beneficio. 

A nivel Estatal hay una sobreutilización del término seguro, exhibidos en los webs banners de gobierno: “Chile País Seguro”, “Comercio Seguro”, “Denuncia Seguro”. Y en el mercado, una variopinta multitud de objetos y dispositivos seguritarios: traba-volate, candado digital, drones, seguro por cesantía, seguro por accidente, seguro por robo de tarjetas bancarias, seguro para smartphone, vallas metálicas, videovigilancia, alarmas, etcétera. Mientras la lista sigue creciendo todos los días, los espacios de confianza entre nosotros se extinguen inexorablemente.

[1] http://proyectosespeciales.emol.com/clientes/vitacura/pdf/04.pdf