Por Gino Bailey.

Es mayo en Europa y ha iniciado la fase de desescalada de la pandemia en algunos países. Las 8 de la tarde y luego de aplaudir y abrazarse – ritual que se ha empujado desde que se decretó la cuarentena- todos se abalanzan a las calles. En dos días mucha gente se convirtió en runningaquí en Barcelona. Antes de la pandemia uno no se encontraba chocando por las aceras con las personas a la hora de trotar. Ahora sí. La gente se reúne también en las esquinas, son los horarios permitidos: de 6 a 10 y de 8 a 11 de la noche. 

Una de las señales que ha dejado la pandemia es el cuestionamiento severo al tiempo y su relación con los seres humanos como especie. El tiempo de trabajo para muchos. Aquel que comienza a las 05 AM cuando la alarma despierta a los trabajadores de la construcción en Europa- casi todos del sur global- para trasladarse a sus faenas. El beso de una madre salvadoreña u hondureña antes de ir a limpiar casas particulares, mientras obtiene su permiso de residencia. La última mascarilla utilizada en turnos nocturnos por parte de una asistente paramédica, luego de vivir más de un mes expuesta a alto riesgo. ¿Dónde ha quedado la mirada sobre el cotidiano? Una larga fila en la cadena de supermercados Lidl controla la entrada. Guantes y alcohol. Se solicita mantener la distancia de dos metros que cuesta respetar. 

El tiempo es más lento, existe una advertencia al consumo de masas y al transporte de masas. Si no existe una conciencia común es probable que se propague el contagio. Aunque las fuerzas políticas disidentes quieren volver todo a la “normalidad”, en realidad se tendrá que volver, pero no a la normalidad. El gran fracaso en tiempos de pandemia ha sido la evolución del capital financiero. Totalmente inútil y poco cooperativo para el resto de sistemas que si sostienen la vida en el planeta

Chiara Bianchini[1] rescata el modo en que el tiempo en la pandemia se ha convertido en  alternativas que posibilitan la vida: redes de auto-organización barrial para asistir contra la violencia y en ayuda de adultos mayores; terapia psicosocial hecha por voluntarias a través de zoom; toma de conciencia del trabajo en el cuidado por el otro; disminución de los tiempos de trabajo: toma de conciencia de la salud por sobre la economía; las señales de la naturaleza y el respiro ecosistémico; autodeterminación en algunas localidades cortando acceso a balnearios.

Ha iniciado el después o quizás nunca habrá un después. Ralentizar el tiempo del capital implica un cuestionamiento más profundo de la economía predominante tirando la cuerda ya no para aplanar la curva, sino para equilibrar la balanza en favor de las especies, incluyendo la nuestra. En la economía cotidiana de inmigrantes y más empobrecidos donde la vida no esté más en cuarto, quinto o último lugar.  La salud de los ecosistemas pone en la balanza al resto de las especies, la pobreza, injusticia y las formas violentas que aun hoy existen para algunos seres humanos en el nombre de una nación o de alguna consigna inútil para la subsistencia planetaria.

[1]  https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/no-infierno-chiara-bianchini