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Deforestar: ¿Cuántas cloroquinas estaremos dejando de descubrir?

Por Briana Bombana.

Que Jair Messias Bolsonaro no está sabiendo gestionar muy bien la situación de la COVID-19 no es novedad para nadie. Si el mandatario máximo de Brasil no está preocupado en salvar vidas, el retraso de esta enfermedad en llegar al país más grande de Sudamérica cuando Europa ya estaba con su cotidiano patas arriba poco pudo hacer para evitar que se convirtiera en el epicentro actual de la pandemia. El rango de explicaciones sobre esta realidad es diverso, abarcando desde cuestiones políticas anteriores al ascenso de aquél-que-no-debe-ser-nombrado al puesto más alto e importante de su país hasta recomendaciones puntuales actuales respecto a las actividades permitidas y a los productos a utilizar ante la situación que se nos presenta.

En los últimos días, en particular, una de estas recomendaciones ha recibido mucho destaque: la publicidad y la autorización por parte del Gobierno Federal de Brasil para el uso de la cloroquina, tanto para la sanidad pública como privada. ¿La razón para tanto destaque? Es que la recomendaban en la misma semana en que una de las revistas más importantes de medicina a nivel internacional theLancet publicaba un extenso estudio descalificando el uso de dicha sustancia como medida eficaz para tratar los infectados del coronavirus, si bien útil para el tratamiento de otras enfermedades como la malaria. En otras palabras, emplear la cloroquina no solo no estará ayudando el tratamiento del coronavirus, bien como lo empeora; y que, en el sistema público de salud, acaba siendo financiada por los impuestos de todes les contribuyentes.

Mientras tanto, en los camerinos, el ministro brasileño de medio ambiente – Ricardo Salles – venía y viene utilizando todas las polémicas alrededor del virus en cuestión, incluida la discusión acerca de la cloroquina, como oportunidad para aprobar modificaciones pensadas para flexibilizar la legislación ambiental brasileña. ¡Y ojalá eso fuera una interpretación personal mía de sus acciones! Pero el propio Ricardo en una reunión ministerial que se hizo pública, realizada el día 22 de abril, afirmó que “se necesita tener un esfuerzo nuestro aquí mientras estamos en ese momento de tranquilidad respecto a la cobertura de la prensa…. para ir cambiando todo el reglamento y simplificando normas” referidas a la protección del medio ambiente. No es por menos que, en contramano de lo que se ha estado observando a nivel mundial en el contexto de la pandemia, Brasil viene aumentando las emisiones de los gases del efecto invernadero este año como resultado de la deforestación.

Teniendo ese panorama en cuenta, creo que no es exageración afirmar que el conjunto de ese gobierno no sólo no está preocupado en salvar vidas humanas, pero tampoco y menos las de otras especies. Preocupades, en cambio, nos sentimos nosotres que vemos los efectos inmediatos de sus acciones en los números actuales de casos fatales en Brasil y, a medio y largo plazo, nos planteamos el grado de extensión de los efectos de sus políticas genocidas y ecocidas [1] en todos las esferas. Especialmente, en la esfera medioambiental, la misma cloroquina acaba por convertirse en un ejemplo emblemático, mismo cuándo desde un punto de vista muy antropocéntrico. Es decir, dado que el origen de ese compuesto adviene de una planta sudamericana llamada Cinchonaofficinalisy teniendo en cuenta las cada vez más altas tasas de deforestación, surge la pregunta: ¿cuántas cloroquinas, sean ellas para el tratamiento de la malaria, de la COVID-19 o de lo que tengamos todavía que afrontar en el futuro, estaremos dejando de descubrir con la destrucción de tantas especies?

[1] En el libro “Um nouveau droit pour la Terra. Pour em finir avec l’écocide” (2016), Valérie Cabanes defiende que el ecocidio – entendido como la destrucción de nuestra casa común: la Tierra – debería ser incluido en la lista de crímenes a ser juzgados por el tribunal penal internacional, tal y como ocurre con el genocidio.

Fuente-Twitter-Megáfono-Popular

El hambre del sur global

Por Gino Bailey.

Imagen Twitter @MegafonoPopular.

Boris Johnson – actual primer ministro del Reino Unido- compra medicina para el COVID19, sin tener un resultado oficial de pruebas en Oxford. Angela Merkel discute en el Consejo Europeo la inyección de recursos para asegurar el mercado de trabajo y la contención económica ante una eventual crisis estival.

Nguyen Xuan Phuc, primer ministro de Vietnam, cierra todas las fronteras con China, confina a sus aldeas y el resultado entrega una cantidad mínima de muertos y contagiados. ¡El socialismo tenía razón!, dirán algunos; ¡El totalitarismo oprime las libertades individuales! dirán otros.

En el continente americano se ve la porosidad de la vida ante la pandemia y las consecuencias en el cotidiano de las políticas económicas neoliberales. Mientras en Estados Unidos la población fallece en un genocidio sanitario, en América Latina el confinamiento interrumpe las redes económicas familiares, vecinales e informales en los barrios de las grandes ciudades. Confinarse implica el riesgo de la inseguridad, inclusive no comer y pasar hambre.

Esto nos hace recordar el incentivo monetario o la política fiscal de gran parte de los gobiernos de América Latina entre 1990 y 2000, con bonos y subsidios que establece una relación entre el Estado y los más pobres. No por nada, como señala Larrañaga y Contreras en un informe del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarollo), los paralelismos entre el Sistema de Protección Social chileno y la Bolsa de Familia en Brasil – destinado a los más pobres-  forma parte de una misma conducción política económica de la región sugerida por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional: subsanar las desigualdades y la pobreza con dinero, beneficios, créditos y emprendimientos precarios.

La dependencia de las políticas subsidiarias y la falsa promesa de garantías de derechos muestran hoy facetas de pobreza extrema y hambre agudizados en la pandemia. Las demandas de octubre 2019 en Chile, Ecuador y Colombia colocaron en la palestra la interrogante: ¿qué derechos se garantizan luego de los subsidios? Y la respuesta fue el cadavérico estado de excepción con su violencia anclado en el pasado. Se cayó el vestido y se desnudó, como el ropaje de un esqueleto que tuvo la virtud de conseguir siempre un buen disfraz para ahuyentar la miseria gracias al crédito y acceso del retail y la mala educación por la vestimenta de mayor acceso a universidades privadas.

La pandemia del COVID en mayo 2020 interroga hoy ¿qué pobreza hemos superado? Luego de treinta año de políticas fiscales neoliberales, octubre 2019 y mayo 2020 dejan en evidencia la fiereza de base que conlleva el capitalismo y su forma política, el roído esqueleto.  Hoy en Europa se discute ¿un capitalismo ético o moral es posible pos COVID19? Y las respuestas van en conciliar y equilibrar políticas de bienestar junto con el funcionamiento económico. Su historia común es lo que se transparenta ante la crisis. La misma de Vietnam con Hồ Chí Minh, quien en su legado fue algo más que un revolucionario comunista. Ese mismo pasado hoy se transparente en algunos países de Latinoamérica.

Chile y Brasil son dos ejemplos de transformaciones inconclusas, de derechos no garantizados y de políticas fantasmas que sirvieron para mostrar una estabilidad financiera. Mientras todo esto ocurría, las familias y redes familiares fueron la contención del cuidado y a su vez de las violencias cotidianas de niños y niñas y de la alimentación. Para ellos, el COVID19 [1] hoy se mueve en un esqueleto sin soporte donde el confinamiento no se vive ni experimenta en la seguridad de no pasar hambre o vivir en un hogar protegido. Justamente porque no se han garantizado derechos. El hambre en esta parte del sur global refleja la evidencia de una política económica sin justicia ecosocial y al mismo tiempo la necesidad de transformar las bases de otro contrato social pendiente al menos desde 1960.

[1] Fuente: “La morale e il capitalismo”https://rep.repubblica.it/pwa/commento/2020/05/18/news/coronavirus_la_morale_e_il_capitalismo-257035425/

TV

Cuando la tele daba miedo

Por Luis Díaz.

Con las complicaciones del COVID-19, actualmente nos vemos obligados a aislarnos del mundo por nuestra propia salud, y sinceramente uno llega a preguntarse qué haríamos si no contáramos con la tecnología de los celulares, Internet, la televisión por cable… 30 años atrás, probablemente no habríamos logrado sobrevivir sin esas comodidades.

Por esta misma contingencia, la televisión abierta local se encuentra escasa de material nuevo y se ve en la obligación de “reinventarse” con material antiguo de comprobado éxito, y el canal estatal cierra sus programaciones con repeticiones de escabrosos programas como “Mea Culpa” y “El Día Menos Pensado”, historias reales de crímenes y fenómenos paranormales presentadas por Carlos Pinto, que en su época dejaban al espectador con un nudo en el cuello.

Eso me trae a la memoria algunos de los terrores más grandes de mi infancia: entre los años 80 y comienzos de los 90 era muy frecuente (y bastante sádico) que la programación televisiva terminara relativamente temprano, y más encima con material de terror que hoy en día es de culto. Ya en los 70s, nuestros padres o abuelos sufrían los horrores de la serie «Sombras Tenebrosas», «Viaje a lo Desconocido» o «Galería Nocturna», mientras que los 80s se exhibía material como «La Dimensión Desconocida», «La Casa del Terror», «Historias de Fantasmas», «Un Paso al Más Allá» y la aún efectiva miniserie «La Noche del Vampiro», entre otras. También se exhibían constantemente películas de la productora británica Hammer, trayéndonos monstruos clásicos como Drácula, Frankenstein y El Hombre Lobo, mientras que su competencia, Amicus, nos aterrorizaban con antologías como «La Bóveda del Terror», «El Club de los Monstruos» y «Cuentos de Ultratumba». Por su parte, Roger Corman nos ofrecía su colección de elegantes adaptaciones de historias de Edgar Allan Poe protagonizadas por ese gigante de la actuación llamado Vincent Price, y Dan Curtis, responsable de la ya mencionada «Sombras Tenebrosas», nos ofrecía productos como «Trilogía de Terror», «Pesadilla Diabólica» y «En lo Profundo de la Noche», con historias simples que iban escalando hasta llegar a finales memorables que nos tuvieron sin pegar un ojo en la noche. También desfilaron las primeras películas de Spielberg, como «Duelo» o «Siniestra Pesadilla», antes de alcanzar la gloria con «Tiburón».

Otros productos como «No le Temas a la Oscuridad», «La Noche de los 1000 Gatos», «Trampa para Turistas», «Hasta que la muerte», etc, eran frecuentes en «Cine de Última Función», «Cine de Trasnoche» o «Cine Nocturno». Y por supuesto, estaban las películas de la naturaleza vengándose contra el hombre: «Abejas Asesinas», «Tarántulas», «Cascabel», «El Imperio de las Hormigas», «Ranas», «La Larga Noche del Terror» (con perros rabiosos) … hasta conejos asesinos gigantes vimos por ahí. Se terminaba la tele y nos veíamos obligados a prender la radio o conversar en familia para calmar los nervios.

Ya a fines de los 80s y entrando en los 90s, vimos material más conocido, como «El Exorcista», «Viernes 13» (que rebautizaron como «Martes 13» por una cuestión cultural), «Pesadilla», «Halloween», «Poltergeist», «El Ente», etc la mayoría con tantos cortes que a veces costaba encontrarles sentido.

Eventualmente crecimos, llego el cable y las susceptibilidades cambiaron. Pero siempre voy a recordar esos terrores que hacían nuestras vidas tan entretenidas, paradójicamente hablando, en una época más simple.

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Prisión y castigo en tiempos de pandemia

Por Ximena Martínez.

Mientras en Europa es posible visitar antiguas prisiones en desuso con interés arquitectónico y cultural, en América Latina y particularmente en Chile las prisiones están desbordadas. A pesar de que las cifras europeas de encarcelamiento son bajas ─sobre todo en paises del norte de europa─ los gobiernos mantienen una preocupación, tanto por el número de encierros como por las condiciones de vida de las personas encarceladas, porque en ellas se reflejan las deficiencias en el modelo de sociedad que se tiene.

En Chile las tasa de encarcelamiento presentada en el último compendio de Gendarmería (2018), alcanzó 226 personas por cada 100 mil habitantes, cifras que podrían llevar a pensar algo cuestionable, que se tiene un país muy fértil en delincuentes y que se debería continuar fabricando prisiones para mejorar la situación de hacinamiento en la que permanece la población castigada.

El alto nivel contagioso del Covid-19 ha llegado a los espacios colectivos de nuestra sociedad, aunque no lo pretendamos las cárceles son uno más, y el crítico hacinamiento junto a las malas condiciones de higiene y salud del interior, hace que se vea mucho más afectada con la actual pandemia, entre otras cosas, por la imposibilidad de llevar a cabo el aislamiento necesario para evitar el contagio.

En estos espacios, una alternativa viable para detener la propagación del virus es reducir el numero de ocupantes liberando algunos presidiarios. Ante esta constricción impensada en momentos normales, surge la inquietante pregunta ¿Qué prisioneros deberían cumplir una pena alternativa, esto sin afectar la seguridad de las personas?

El pasado 16  de abril 2020 el gobierno consideró reducir la población penitenciaria a través de la promulgación de una “Ley de Indulto Conmutativo” que buscó sustituir la reclusión en las cárceles por un encierro en los domicilios, con la posibilidad de llegar a indultar a más de mil personas. Para ello junto con determinar los delitos menos graves, también se debió identificar qué delitos quedaban excluidos del indulto, relacionados principalemente a delitos graves contra las personas (homicidio, violación, secuestro, entre otros).

¿Y es que acaso la prisión no debiese estar siempre reservada para los delitos más graves? La contingencia ha obligado a las autoridades a repensar el grado de punitividad para algunos delitos menores, los que probablemente se beneficien del indulto conmutativo. 

Si nos detenemos a observar algunas cifras más de las que entrega Gendarmería, veríamos que un gran número de personas está en prisión por delitos contra la propiedad, correspondiente en el año 2018 a un 52,9% por el delito de robo y en cambio por homicidio hay un 8,1%, cifras que han mostrado una tendencia similar en años anteriores. Por lo tanto, cuando robar es parte del orden de las cosas en la sociedad chilena, resultaría lógico mirar más allá de los delincuentes y atender al modelo de sociedad que se tiene, observando las condiciones estructurales que subyasen a los delitos que más se encarcelan en Chile.

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Ralentización de la vida ante la pandemia: ¿control capitalista o emancipación?

Por Gino Bailey.

El Corona Virus, así como el colapso del cambio climático, los diversos desastres socionaturales que se observan en el mundo, no han hecho más que acelerar un proceso de transformación global que nos convoca a la dimensión más humana y ecológica de la existencia.

Por estos días intelectuales incidentes en la discusión global han entrado en polémica acerca de los impactos y consecuencias que ya se perciben en torno al COVID19.  El primero en abrir los fuegos ha sido el filósofo Žižek quien realiza un análisis de segundo orden a la contingencia de lo que implica parar el funcionamiento cotidiano de las sociedades europeas. Una detención que pese a no garantizar nada en lo concreto se expresa en contra del funcionamiento económico global.

Para Byung Chul Han – el filósofo pop surcoreano-  lo que evidencia el virus es una diferencia cultural en cómo lo hemos abordado. Sociedades orientales, quienes no cuestionan el control del estado y la disciplina en la higiene, así como el uso de la mascarilla en espacios públicos, versus sociedades occidentales europeas que ven la mascarilla como peligro y control. Más allá de esta línea analítica es interesante la mirada de Byung en relación al sistema de seguridad y control del estado Chino, donde ha empleado un estado tecnocapitalista eficiente con drones, control personal, vigilancia estricta en espacios públicos y sobre internet.

Por esta razón no ve ninguna esperanza en los planteamientos de Žižek, puesto que lo que tenderá a pasar es seguir el éxito chino del control de un tecnocapitalismo voraz respecto a los recursos naturales. Esto está en línea a lo que cree Naomy Klein con las catástrofes capitalistas como oportunidad de las finanzas

El filósofo y politólogo italiano Giorgo Agamben ha radicalizado un poco más esta tendencia. Fiel a su línea de pensamiento retrata lo que ocurre en Italia y el resto de Europa como un “estado de excepción permanente” Es decir que la cuarentena sanitaria suspende las libertades en contextos democráticos y no solo eso, sino que tiende a legitimarse como una forma política del capitalismo. Algo similar a lo ocurrido en el estallido social de octubre 2019 en Chile. 

Jean Luc Nancy discrepa con Agamben porque más que control eficiente de la excepción, lo que ha mostrado esta cuarentena es el fracaso del sistema sanitario – tecnológico dispuesto al servicio de la vida. Muy por el contrario de lo que establece Agamben y Byung Chul Han, en el cotidiano y día a día, en lo inobservable por la filosofía de la cuarentena y el cómodo café del hogar, se han mostrado lazos de solidaridad de trabajadoras y trabajadores de la salud pero no solo, sino también de auto-organización barrial para contener hechos de violencias contra la mujer o de atención con los adultos mayores. Clases gratuitas a distancia, asistencia psicológica en línea también gratis, reparto de comida entre vecinos que si han podido desplazarse.

A un cierto punto volvemos al postulado de Žižek, no tanto por su contenido, sino porque describe una parte de la realidad visceral y cotidiana. Lo que dejó de funcionar, aquello que cambió y la ventana que se está abriendo. Una ventana que hoy miramos desde la cuarentena, pero que el día de mañana se fortalecerá como la oportunidad de seguir construyendo otras opciones emancipatorias respecto del capital.

Referencias:
https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31388/Slavoj-Zizek-coronavirus-comunismo-capitalismo-globalizacion-economia.htm
https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html
https://www.agi.it/blog-italia/scienza/post/2020-03-19/coronavirus-complotto-governi-7643757/

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El periodo global actual: Llamémoslo de Capitaloceno

Por Briana Bombana

Ya sé que en tiempos de cuarentena tenemos que cuidar, de entre otras cosas, de nuestra salud mental, y que por ello es tramposa la pregunta que les haré enseguida, pero ¿han estado viendo las noticias sobre la recuperación de la naturaleza en estos días en los cuales la humanidad se ha estado recluyendo? Para les que no lo saben, hay registros de que, desde hace muchísimas décadas, las aguas de los canales de Venecia no han estado tan limpias como en este momento, la calidad del aire en Barcelona no se veía tan buena, tortugas marinas amenazadas de extinción nacieron en una playa de Brasil por estar ahora desierta y libre de pisoteos, y podía seguir yo con los ejemplos. En cambio, voy al grano.

Uno que esté más o menos preocupado con las cuestiones ambientales mira estas situaciones y, de golpe, le encaja que la humanidad es definitivamente el gran cáncer de muchos problemas actuales: la emergencia climática, la abundante degradación de hábitats, la acumulación de residuos plásticos, etc. Así que en los círculos académicos se ha estado construyendo el concepto del Antropoceno, ahora ya difundido también en otros ámbitos, definido como el periodo de tiempo que empieza con la revolución industrial* y se extiende hasta la fecha presente en el cual nosotres, les humanes, hemos “logrado” acelerar (¡mucho!) y condicionar los procesos de evolución del planeta. Una muestra de ello es la actual extinción masiva de especies, la cual se diferencia de las otras cinco extinciones de que se tiene registro en la historia terrestre porque estas últimas fueron causadas por elementos naturales, como la caída del asteroide que eliminó a los dinosaurios del planeta.

Sin embargo, creo que merece la pena profundizar un poco en la discusión para no caer en la falsa idea de una “naturaleza” separada del hombre y/o de una población humana homogénea, sobre todo en el caso de les sudamericanes , supongo, somos tanto la mayoría de vosotres que me leen cuanto yo que les escribo, dado que tenemos la gloria y la pena (por la general insensibilidad) de coexistir con las poblaciones indígenas. Éstas no solo se ven como parte de la naturaleza, no habiendo una dicotomía entre el mundo humano-natural, bien como han construido maneras de vivir que no amenazan mayormente a los demás seres vivientes. Por lo tanto, siendo más que injusto que se las clasifiquemos como esta “humanidad” que consume los recursos e impacta el medio en que se inserta y que, claro está, compartan la culpa del Antropoceno. Aquí es donde les introduzco la idea del Capitaloceno, defendida por el investigador Jason Moore, partiendo del principio de que no se puede explicar el cambio global sin antes identificar los patrones de poder, capital y naturaleza que se han establecido a partir de las “grandes” navegaciones (siglos XV y XVI). Es decir, por detrás del origen inmediato del consumo/apropiación de recursos y personas (como fuerza de trabajo) atribuido a la industrialización antes yacen el imperialismo, el especismo, el clasismo, el racismo y el patriarcado, que culminan con la institución generalizada del capitalismo como modelo económico, explicando dicho consumo/apropiación. En efecto, Galeano en su libro “Venas abiertas de América Latina” ejemplifica que Brasil-colonia (y todo lo que esto conlleve) contribuyó enormemente para que Inglaterra, que tenía un pacto con Portugal, recaudara el capital necesario para llevar a cabo su reconocida revolución industrial. 

En este contexto – especialmente el de meditación en el aislamiento, de la solidaridad entre personas y de la explicitación de la necesidad de lo común – más valdrá que antes de sentenciar lo humano, reflexionemos sobre el sistema que nos ha desconectado de nuestras interdependencias y llevado a todas las especies a sumergir en el Capitaloceno. Identificar y nombrar este periodo tal y como se los he presentado parece ser un acto optimista, capaz de integrar la heterogeneidad y construir alternativas a este cambio global.

* Aunque hay divergencias: la mayoría de los investigadores ubica el inicio del Antropoceno en la revolución industrial.

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Somos todes uno más allá de la pandemia COVID-19

Lavarse las manos, toser en el pliegue del codo, quedarse en casa, evitar tocar la cara, no tomar ibuprofeno en caso de síntomas. A la vez, no desesperase. Listo, habiendo recordado lo básico del checklist de la responsabilidad con el fin de combatir y no contribuir con la pandemia COVID-19, inserto reflexión semi-paralela:

Muchas de las filosofías orientales, como el yoga, defienden que somos una integración entre mente, cuerpo y espíritu. Yo, particularmente, creo en ello. A finales del año pasado, en medio al caos personal que me supuso dejar Barcelona tras haber vivido cuatro años en esa ciudad increíble – dónde no solo desarrollé mi tesis doctoral, bien como cultivé una familia ampliada de amigues, una rutina lejana de las amarras de la sociedad de donde provengo y un grupo de colegas que profesionalmente son de quitarse el sombrero – me enfermé. Yo que siempre presumí de nunca quedarme sin voz (uso literal), me hallé en dicha situación, en la cual también se sumaron dolores en la espalda, garganta y una piel granosa. A mí me quedó claro: esos síntomas estaban llamándome a un descanso del estrés emocional-físico de las despedidas y del cansancio corporal por la logística de la mudanza a que estaba sometida. Era hora de parar y cuidarme.

Pero, ¿dónde queda el límite entre esa unidad integrada por tres partes que somos y las demás unidades (léase personas) de la sociedad? ¿Hasta dónde yo soy yo, solamente yo, y tú eres tú, solamente tú? Preguntas tramposas que añaden un grado más de complejidad al pensar nuestras vidas. En ese sentido, creo que los grupos sociales de los cuales hacemos parte, en verdad, solo son reflejos expandidos de nosotres como individuos (vaya, ¡gracias por iluminarnos con lo obvio!). Si bien es verdad que, y aquí la ecología no me deja afirmar nada diferente, ese todo social es más que la suma de los individuos, potencialmente y muy probablemente también puede reproducir dinámicas de esos últimos.

Teniendo lo anterior en cuenta, pienso interpretar el COVID-19 como ese conjunto de síntomas que nos está afectando como sociedad para pasarnos el siguiente mensaje: frenad y solidarizaros. No soy la primera en exponerlo. Hay un desequilibrio muy grave entre lo que nuestra mente y espíritu colectivos están concibiendo y lo que está sintiendo nuestro cuerpo colectivo. Nuestra búsqueda imparable por consumir siempre más (recursos, productos manufacturados, experiencias, personas, etc.), nuestra generalizada falta de empatía hacia los demás (incluso, de otras especies) y ausencia de conciencia de clase, nuestras acciones cotidianas repletas de prejuicios y egoísmos… son pistas para ese entendimiento. Agregando insulto a la lesión a través de un ejemplo directo, una de las dos hipótesis del origen de la transmisión del COVID-19 en la especie humana se refiere a una mutación proveniente de una especie animal comercializada para el uso humano (algo similar pasa con otras enfermedades, tal como la influenza), haciéndonos replantear hasta qué punto esa práctica (la producción y la comercialización animal) es realmente sana y beneficiosa para la sociedad humana, más allá de la clásica discusión respectiva a los demás seres vivos (es decir, el antiespecismo).

El momento requiere responsabilidades sí, pero sobre todo aquellas que traspasan la contención de la pandemia para incluir medidas de contención de sus causas subyacentes. En ese planeta, o somos todes uno o no seremos. ¡Namasté!

Leyenda de la foto en adjunto: Billete de solidaridad colgado en el ascensor de un edificio en Brasil en esta semana “Estimados vecinos, ante la pandemia COVID-19 (más peligrosa en personas mayores de 65 años o enfermos crónicos) me pongo a la disposición para ir al supermercado y/o farmacia caso necesiten. Cuidemos de todos! Att, Daniel Rocha (apto. 202)”. Fuente: Fernando Paiva.

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