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Admirable playa nueva*

Por Briana Bombana.

Es sábado, me despierto relativamente temprano porque ya ha empezado la temporada estival y quiero ponerme morena. Además, la vitamina D producida al exponer nuestra piel al sol parece estar relacionada con un aumento de la capacidad inmunológica, lo que nos viene bien a todes para protegernos del coronavirus. Para garantizar mi plan, ya hace algunos días que le solicité a la administración municipal una cita previa: Tengo ahora un espacio de 2,5×2,5m enterito para mí reservado en la playa, entre las 10h a las 14h. Desayuno tranquila, la compra que hice en el supermercado en la noche anterior ya fue higienizada, recién llegada a casa con la ayuda imprescindible de un grifo con agua corriente y un detergente. El mate y mi pan con mermelada están, al menos en mi conciencia, libres de virus. Paso al lavabo, me lavo los dientes mientras voy listando mentalmente todo lo que necesito llevar en mi bolso playero: el pareo, la toalla, el sombrero, la crema solar, las gafas de sol, la botella de agua, el móvil y los auriculares, un libro de la trilogíaMilleniumde Stieg Larsson. A eso, le añado las novedades más frescas de este verano: el alcohol en gel para manos, la mascarilla y mis documentos para comprobar dicha cita previa. Con eso, creo que tengo todo. Y, unos minutos después, mis chanclas compradas por internet (pasé toda la cuarentena con miedo a las tiendas), ya se encuentran en el ascensor emprendiendo el viaje hacia el mar, juntas a su dueña: yo.

Tras haber pasado meses solamente saliendo de casa para ir al supermercado en coche, la cuadra y media que separan mi piso de la playa se me hacen un poco desconocidas. Ya me olvidaba yo de este pequeño reparo en relieve en la acera de concreto que despliega un gran potencial para deslices, de la placa de calle mal posicionada en la esquina en que uno no logra saber exactamente si se trata de la calle en que está o de la que se le atraviesa, y tampoco me recordaba de la exageración lumínica del escaparate del negocio de vestidos para bodas. Igualmente, el no saber si soy capaz de disimular mi mirada miedosa a cualquier persona que se cruza conmigo en este camino me genera incomodidad. A pesar de todas las sensaciones novedosas, me siento agradecida por poder caminar un rato y poder observar el cielo más allá del marco de las ventanas de mi piso.

A paso lento, en fin, me presento en el paseo marítimo. Al avistar el mar, la sensación de agradecimiento se alarga… Hasta que me doy cuenta que el carril de entrada a la playa se ubica a unos 600metros de donde estoy. ¡Qué pesadilla! Fíjense, no es que esté tan lejos, pero ahora ya empiezo a recordarme de todo como un espacio potencial de contagio. Por suerte, en mi lista de Spotify empieza Estate” de João Gilberto, canción la cual me hace distraer y, por tanto, me ayuda a continuar tranquila hacia el objetivo final de tomar el sol. Cuando doy por mí, ya he caminado lo que me quedaba y puedo, por fin, pisar la arena. Sin embargo, unos segunditos antes de llevar dicha acción a cabo, soy interrumpida de golpe. Un muchacho elegante, dorado por el sol, sin camiseta, pero dotado de visera con pantalla protectora facial transparente (¡que cansancio sólo decirlo!) se me acerca con su bote de gel desinfectante. Preparado para el ataque, expone muy formalmente: “Señorita, por favor, quítese las chanclas, se las ponga en este bolso plástico y, antes de adentrar el arenal, permíteme que desinfecte sus pies. Por 5 dólares más, si le apetece, también podemos hacer dicha desinfección con un masaje de 10minutos. En este caso, sólo tiene que dirigirse a la zona de hamacas amarillas, se la puede ver desde aquí, ¿sí?”. Todavía un poco aturdida, no sé si por el calor o por la cantidad de información, le digo en voz baja que “no, gracias”, por lo que procede a hacer la desinfección versión estándar, luego de también pedirme mi documento de identificación, verificar cuánto tiempo de reserva dispongo, dejarme una “pulserita-alarma” que tocará en cuanto se me acabe el tiempo de visita e indicarme el área que me corresponde. Muy contenta, reflexiono “qué bien, me encanta la sensación de tocar los granitos de arena con mis pies… todo eso valdrá la pena”.  Llego a mi cuadradito, me acomodo manteniendo con mis vecines las distancias permitidas, y me pongo a leer. Pasados 15minutos, recibo un pelotazo en la cara de una niña que jugaba en la zona de deportes, muy cercana a la de descanso. “Al parecer no me ha tocado la mejor zona de la playa” pienso, pero sobre todo “¿Hasta cuándo caraj*? Si no pronto, ¡que al menos inventen la crema solar con alcohol en gel!”.

* Este texto está basado en algunos hechos reales vistos y pensados para el contexto de la pandemia.

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El hambre del sur global

Por Gino Bailey.

Imagen Twitter @MegafonoPopular.

Boris Johnson – actual primer ministro del Reino Unido- compra medicina para el COVID19, sin tener un resultado oficial de pruebas en Oxford. Angela Merkel discute en el Consejo Europeo la inyección de recursos para asegurar el mercado de trabajo y la contención económica ante una eventual crisis estival.

Nguyen Xuan Phuc, primer ministro de Vietnam, cierra todas las fronteras con China, confina a sus aldeas y el resultado entrega una cantidad mínima de muertos y contagiados. ¡El socialismo tenía razón!, dirán algunos; ¡El totalitarismo oprime las libertades individuales! dirán otros.

En el continente americano se ve la porosidad de la vida ante la pandemia y las consecuencias en el cotidiano de las políticas económicas neoliberales. Mientras en Estados Unidos la población fallece en un genocidio sanitario, en América Latina el confinamiento interrumpe las redes económicas familiares, vecinales e informales en los barrios de las grandes ciudades. Confinarse implica el riesgo de la inseguridad, inclusive no comer y pasar hambre.

Esto nos hace recordar el incentivo monetario o la política fiscal de gran parte de los gobiernos de América Latina entre 1990 y 2000, con bonos y subsidios que establece una relación entre el Estado y los más pobres. No por nada, como señala Larrañaga y Contreras en un informe del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarollo), los paralelismos entre el Sistema de Protección Social chileno y la Bolsa de Familia en Brasil – destinado a los más pobres-  forma parte de una misma conducción política económica de la región sugerida por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional: subsanar las desigualdades y la pobreza con dinero, beneficios, créditos y emprendimientos precarios.

La dependencia de las políticas subsidiarias y la falsa promesa de garantías de derechos muestran hoy facetas de pobreza extrema y hambre agudizados en la pandemia. Las demandas de octubre 2019 en Chile, Ecuador y Colombia colocaron en la palestra la interrogante: ¿qué derechos se garantizan luego de los subsidios? Y la respuesta fue el cadavérico estado de excepción con su violencia anclado en el pasado. Se cayó el vestido y se desnudó, como el ropaje de un esqueleto que tuvo la virtud de conseguir siempre un buen disfraz para ahuyentar la miseria gracias al crédito y acceso del retail y la mala educación por la vestimenta de mayor acceso a universidades privadas.

La pandemia del COVID en mayo 2020 interroga hoy ¿qué pobreza hemos superado? Luego de treinta año de políticas fiscales neoliberales, octubre 2019 y mayo 2020 dejan en evidencia la fiereza de base que conlleva el capitalismo y su forma política, el roído esqueleto.  Hoy en Europa se discute ¿un capitalismo ético o moral es posible pos COVID19? Y las respuestas van en conciliar y equilibrar políticas de bienestar junto con el funcionamiento económico. Su historia común es lo que se transparenta ante la crisis. La misma de Vietnam con Hồ Chí Minh, quien en su legado fue algo más que un revolucionario comunista. Ese mismo pasado hoy se transparente en algunos países de Latinoamérica.

Chile y Brasil son dos ejemplos de transformaciones inconclusas, de derechos no garantizados y de políticas fantasmas que sirvieron para mostrar una estabilidad financiera. Mientras todo esto ocurría, las familias y redes familiares fueron la contención del cuidado y a su vez de las violencias cotidianas de niños y niñas y de la alimentación. Para ellos, el COVID19 [1] hoy se mueve en un esqueleto sin soporte donde el confinamiento no se vive ni experimenta en la seguridad de no pasar hambre o vivir en un hogar protegido. Justamente porque no se han garantizado derechos. El hambre en esta parte del sur global refleja la evidencia de una política económica sin justicia ecosocial y al mismo tiempo la necesidad de transformar las bases de otro contrato social pendiente al menos desde 1960.

[1] Fuente: “La morale e il capitalismo”https://rep.repubblica.it/pwa/commento/2020/05/18/news/coronavirus_la_morale_e_il_capitalismo-257035425/

TV

Cuando la tele daba miedo

Por Luis Díaz.

Con las complicaciones del COVID-19, actualmente nos vemos obligados a aislarnos del mundo por nuestra propia salud, y sinceramente uno llega a preguntarse qué haríamos si no contáramos con la tecnología de los celulares, Internet, la televisión por cable… 30 años atrás, probablemente no habríamos logrado sobrevivir sin esas comodidades.

Por esta misma contingencia, la televisión abierta local se encuentra escasa de material nuevo y se ve en la obligación de “reinventarse” con material antiguo de comprobado éxito, y el canal estatal cierra sus programaciones con repeticiones de escabrosos programas como “Mea Culpa” y “El Día Menos Pensado”, historias reales de crímenes y fenómenos paranormales presentadas por Carlos Pinto, que en su época dejaban al espectador con un nudo en el cuello.

Eso me trae a la memoria algunos de los terrores más grandes de mi infancia: entre los años 80 y comienzos de los 90 era muy frecuente (y bastante sádico) que la programación televisiva terminara relativamente temprano, y más encima con material de terror que hoy en día es de culto. Ya en los 70s, nuestros padres o abuelos sufrían los horrores de la serie «Sombras Tenebrosas», «Viaje a lo Desconocido» o «Galería Nocturna», mientras que los 80s se exhibía material como «La Dimensión Desconocida», «La Casa del Terror», «Historias de Fantasmas», «Un Paso al Más Allá» y la aún efectiva miniserie «La Noche del Vampiro», entre otras. También se exhibían constantemente películas de la productora británica Hammer, trayéndonos monstruos clásicos como Drácula, Frankenstein y El Hombre Lobo, mientras que su competencia, Amicus, nos aterrorizaban con antologías como «La Bóveda del Terror», «El Club de los Monstruos» y «Cuentos de Ultratumba». Por su parte, Roger Corman nos ofrecía su colección de elegantes adaptaciones de historias de Edgar Allan Poe protagonizadas por ese gigante de la actuación llamado Vincent Price, y Dan Curtis, responsable de la ya mencionada «Sombras Tenebrosas», nos ofrecía productos como «Trilogía de Terror», «Pesadilla Diabólica» y «En lo Profundo de la Noche», con historias simples que iban escalando hasta llegar a finales memorables que nos tuvieron sin pegar un ojo en la noche. También desfilaron las primeras películas de Spielberg, como «Duelo» o «Siniestra Pesadilla», antes de alcanzar la gloria con «Tiburón».

Otros productos como «No le Temas a la Oscuridad», «La Noche de los 1000 Gatos», «Trampa para Turistas», «Hasta que la muerte», etc, eran frecuentes en «Cine de Última Función», «Cine de Trasnoche» o «Cine Nocturno». Y por supuesto, estaban las películas de la naturaleza vengándose contra el hombre: «Abejas Asesinas», «Tarántulas», «Cascabel», «El Imperio de las Hormigas», «Ranas», «La Larga Noche del Terror» (con perros rabiosos) … hasta conejos asesinos gigantes vimos por ahí. Se terminaba la tele y nos veíamos obligados a prender la radio o conversar en familia para calmar los nervios.

Ya a fines de los 80s y entrando en los 90s, vimos material más conocido, como «El Exorcista», «Viernes 13» (que rebautizaron como «Martes 13» por una cuestión cultural), «Pesadilla», «Halloween», «Poltergeist», «El Ente», etc la mayoría con tantos cortes que a veces costaba encontrarles sentido.

Eventualmente crecimos, llego el cable y las susceptibilidades cambiaron. Pero siempre voy a recordar esos terrores que hacían nuestras vidas tan entretenidas, paradójicamente hablando, en una época más simple.

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Prisión y castigo en tiempos de pandemia

Por Ximena Martínez.

Mientras en Europa es posible visitar antiguas prisiones en desuso con interés arquitectónico y cultural, en América Latina y particularmente en Chile las prisiones están desbordadas. A pesar de que las cifras europeas de encarcelamiento son bajas ─sobre todo en paises del norte de europa─ los gobiernos mantienen una preocupación, tanto por el número de encierros como por las condiciones de vida de las personas encarceladas, porque en ellas se reflejan las deficiencias en el modelo de sociedad que se tiene.

En Chile las tasa de encarcelamiento presentada en el último compendio de Gendarmería (2018), alcanzó 226 personas por cada 100 mil habitantes, cifras que podrían llevar a pensar algo cuestionable, que se tiene un país muy fértil en delincuentes y que se debería continuar fabricando prisiones para mejorar la situación de hacinamiento en la que permanece la población castigada.

El alto nivel contagioso del Covid-19 ha llegado a los espacios colectivos de nuestra sociedad, aunque no lo pretendamos las cárceles son uno más, y el crítico hacinamiento junto a las malas condiciones de higiene y salud del interior, hace que se vea mucho más afectada con la actual pandemia, entre otras cosas, por la imposibilidad de llevar a cabo el aislamiento necesario para evitar el contagio.

En estos espacios, una alternativa viable para detener la propagación del virus es reducir el numero de ocupantes liberando algunos presidiarios. Ante esta constricción impensada en momentos normales, surge la inquietante pregunta ¿Qué prisioneros deberían cumplir una pena alternativa, esto sin afectar la seguridad de las personas?

El pasado 16  de abril 2020 el gobierno consideró reducir la población penitenciaria a través de la promulgación de una “Ley de Indulto Conmutativo” que buscó sustituir la reclusión en las cárceles por un encierro en los domicilios, con la posibilidad de llegar a indultar a más de mil personas. Para ello junto con determinar los delitos menos graves, también se debió identificar qué delitos quedaban excluidos del indulto, relacionados principalemente a delitos graves contra las personas (homicidio, violación, secuestro, entre otros).

¿Y es que acaso la prisión no debiese estar siempre reservada para los delitos más graves? La contingencia ha obligado a las autoridades a repensar el grado de punitividad para algunos delitos menores, los que probablemente se beneficien del indulto conmutativo. 

Si nos detenemos a observar algunas cifras más de las que entrega Gendarmería, veríamos que un gran número de personas está en prisión por delitos contra la propiedad, correspondiente en el año 2018 a un 52,9% por el delito de robo y en cambio por homicidio hay un 8,1%, cifras que han mostrado una tendencia similar en años anteriores. Por lo tanto, cuando robar es parte del orden de las cosas en la sociedad chilena, resultaría lógico mirar más allá de los delincuentes y atender al modelo de sociedad que se tiene, observando las condiciones estructurales que subyasen a los delitos que más se encarcelan en Chile.

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Ralentización de la vida ante la pandemia: ¿control capitalista o emancipación?

Por Gino Bailey.

El Corona Virus, así como el colapso del cambio climático, los diversos desastres socionaturales que se observan en el mundo, no han hecho más que acelerar un proceso de transformación global que nos convoca a la dimensión más humana y ecológica de la existencia.

Por estos días intelectuales incidentes en la discusión global han entrado en polémica acerca de los impactos y consecuencias que ya se perciben en torno al COVID19.  El primero en abrir los fuegos ha sido el filósofo Žižek quien realiza un análisis de segundo orden a la contingencia de lo que implica parar el funcionamiento cotidiano de las sociedades europeas. Una detención que pese a no garantizar nada en lo concreto se expresa en contra del funcionamiento económico global.

Para Byung Chul Han – el filósofo pop surcoreano-  lo que evidencia el virus es una diferencia cultural en cómo lo hemos abordado. Sociedades orientales, quienes no cuestionan el control del estado y la disciplina en la higiene, así como el uso de la mascarilla en espacios públicos, versus sociedades occidentales europeas que ven la mascarilla como peligro y control. Más allá de esta línea analítica es interesante la mirada de Byung en relación al sistema de seguridad y control del estado Chino, donde ha empleado un estado tecnocapitalista eficiente con drones, control personal, vigilancia estricta en espacios públicos y sobre internet.

Por esta razón no ve ninguna esperanza en los planteamientos de Žižek, puesto que lo que tenderá a pasar es seguir el éxito chino del control de un tecnocapitalismo voraz respecto a los recursos naturales. Esto está en línea a lo que cree Naomy Klein con las catástrofes capitalistas como oportunidad de las finanzas

El filósofo y politólogo italiano Giorgo Agamben ha radicalizado un poco más esta tendencia. Fiel a su línea de pensamiento retrata lo que ocurre en Italia y el resto de Europa como un “estado de excepción permanente” Es decir que la cuarentena sanitaria suspende las libertades en contextos democráticos y no solo eso, sino que tiende a legitimarse como una forma política del capitalismo. Algo similar a lo ocurrido en el estallido social de octubre 2019 en Chile. 

Jean Luc Nancy discrepa con Agamben porque más que control eficiente de la excepción, lo que ha mostrado esta cuarentena es el fracaso del sistema sanitario – tecnológico dispuesto al servicio de la vida. Muy por el contrario de lo que establece Agamben y Byung Chul Han, en el cotidiano y día a día, en lo inobservable por la filosofía de la cuarentena y el cómodo café del hogar, se han mostrado lazos de solidaridad de trabajadoras y trabajadores de la salud pero no solo, sino también de auto-organización barrial para contener hechos de violencias contra la mujer o de atención con los adultos mayores. Clases gratuitas a distancia, asistencia psicológica en línea también gratis, reparto de comida entre vecinos que si han podido desplazarse.

A un cierto punto volvemos al postulado de Žižek, no tanto por su contenido, sino porque describe una parte de la realidad visceral y cotidiana. Lo que dejó de funcionar, aquello que cambió y la ventana que se está abriendo. Una ventana que hoy miramos desde la cuarentena, pero que el día de mañana se fortalecerá como la oportunidad de seguir construyendo otras opciones emancipatorias respecto del capital.

Referencias:
https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31388/Slavoj-Zizek-coronavirus-comunismo-capitalismo-globalizacion-economia.htm
https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html
https://www.agi.it/blog-italia/scienza/post/2020-03-19/coronavirus-complotto-governi-7643757/

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El periodo global actual: Llamémoslo de Capitaloceno

Por Briana Bombana

Ya sé que en tiempos de cuarentena tenemos que cuidar, de entre otras cosas, de nuestra salud mental, y que por ello es tramposa la pregunta que les haré enseguida, pero ¿han estado viendo las noticias sobre la recuperación de la naturaleza en estos días en los cuales la humanidad se ha estado recluyendo? Para les que no lo saben, hay registros de que, desde hace muchísimas décadas, las aguas de los canales de Venecia no han estado tan limpias como en este momento, la calidad del aire en Barcelona no se veía tan buena, tortugas marinas amenazadas de extinción nacieron en una playa de Brasil por estar ahora desierta y libre de pisoteos, y podía seguir yo con los ejemplos. En cambio, voy al grano.

Uno que esté más o menos preocupado con las cuestiones ambientales mira estas situaciones y, de golpe, le encaja que la humanidad es definitivamente el gran cáncer de muchos problemas actuales: la emergencia climática, la abundante degradación de hábitats, la acumulación de residuos plásticos, etc. Así que en los círculos académicos se ha estado construyendo el concepto del Antropoceno, ahora ya difundido también en otros ámbitos, definido como el periodo de tiempo que empieza con la revolución industrial* y se extiende hasta la fecha presente en el cual nosotres, les humanes, hemos “logrado” acelerar (¡mucho!) y condicionar los procesos de evolución del planeta. Una muestra de ello es la actual extinción masiva de especies, la cual se diferencia de las otras cinco extinciones de que se tiene registro en la historia terrestre porque estas últimas fueron causadas por elementos naturales, como la caída del asteroide que eliminó a los dinosaurios del planeta.

Sin embargo, creo que merece la pena profundizar un poco en la discusión para no caer en la falsa idea de una “naturaleza” separada del hombre y/o de una población humana homogénea, sobre todo en el caso de les sudamericanes , supongo, somos tanto la mayoría de vosotres que me leen cuanto yo que les escribo, dado que tenemos la gloria y la pena (por la general insensibilidad) de coexistir con las poblaciones indígenas. Éstas no solo se ven como parte de la naturaleza, no habiendo una dicotomía entre el mundo humano-natural, bien como han construido maneras de vivir que no amenazan mayormente a los demás seres vivientes. Por lo tanto, siendo más que injusto que se las clasifiquemos como esta “humanidad” que consume los recursos e impacta el medio en que se inserta y que, claro está, compartan la culpa del Antropoceno. Aquí es donde les introduzco la idea del Capitaloceno, defendida por el investigador Jason Moore, partiendo del principio de que no se puede explicar el cambio global sin antes identificar los patrones de poder, capital y naturaleza que se han establecido a partir de las “grandes” navegaciones (siglos XV y XVI). Es decir, por detrás del origen inmediato del consumo/apropiación de recursos y personas (como fuerza de trabajo) atribuido a la industrialización antes yacen el imperialismo, el especismo, el clasismo, el racismo y el patriarcado, que culminan con la institución generalizada del capitalismo como modelo económico, explicando dicho consumo/apropiación. En efecto, Galeano en su libro “Venas abiertas de América Latina” ejemplifica que Brasil-colonia (y todo lo que esto conlleve) contribuyó enormemente para que Inglaterra, que tenía un pacto con Portugal, recaudara el capital necesario para llevar a cabo su reconocida revolución industrial. 

En este contexto – especialmente el de meditación en el aislamiento, de la solidaridad entre personas y de la explicitación de la necesidad de lo común – más valdrá que antes de sentenciar lo humano, reflexionemos sobre el sistema que nos ha desconectado de nuestras interdependencias y llevado a todas las especies a sumergir en el Capitaloceno. Identificar y nombrar este periodo tal y como se los he presentado parece ser un acto optimista, capaz de integrar la heterogeneidad y construir alternativas a este cambio global.

* Aunque hay divergencias: la mayoría de los investigadores ubica el inicio del Antropoceno en la revolución industrial.

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Somos todes uno más allá de la pandemia COVID-19

Lavarse las manos, toser en el pliegue del codo, quedarse en casa, evitar tocar la cara, no tomar ibuprofeno en caso de síntomas. A la vez, no desesperase. Listo, habiendo recordado lo básico del checklist de la responsabilidad con el fin de combatir y no contribuir con la pandemia COVID-19, inserto reflexión semi-paralela:

Muchas de las filosofías orientales, como el yoga, defienden que somos una integración entre mente, cuerpo y espíritu. Yo, particularmente, creo en ello. A finales del año pasado, en medio al caos personal que me supuso dejar Barcelona tras haber vivido cuatro años en esa ciudad increíble – dónde no solo desarrollé mi tesis doctoral, bien como cultivé una familia ampliada de amigues, una rutina lejana de las amarras de la sociedad de donde provengo y un grupo de colegas que profesionalmente son de quitarse el sombrero – me enfermé. Yo que siempre presumí de nunca quedarme sin voz (uso literal), me hallé en dicha situación, en la cual también se sumaron dolores en la espalda, garganta y una piel granosa. A mí me quedó claro: esos síntomas estaban llamándome a un descanso del estrés emocional-físico de las despedidas y del cansancio corporal por la logística de la mudanza a que estaba sometida. Era hora de parar y cuidarme.

Pero, ¿dónde queda el límite entre esa unidad integrada por tres partes que somos y las demás unidades (léase personas) de la sociedad? ¿Hasta dónde yo soy yo, solamente yo, y tú eres tú, solamente tú? Preguntas tramposas que añaden un grado más de complejidad al pensar nuestras vidas. En ese sentido, creo que los grupos sociales de los cuales hacemos parte, en verdad, solo son reflejos expandidos de nosotres como individuos (vaya, ¡gracias por iluminarnos con lo obvio!). Si bien es verdad que, y aquí la ecología no me deja afirmar nada diferente, ese todo social es más que la suma de los individuos, potencialmente y muy probablemente también puede reproducir dinámicas de esos últimos.

Teniendo lo anterior en cuenta, pienso interpretar el COVID-19 como ese conjunto de síntomas que nos está afectando como sociedad para pasarnos el siguiente mensaje: frenad y solidarizaros. No soy la primera en exponerlo. Hay un desequilibrio muy grave entre lo que nuestra mente y espíritu colectivos están concibiendo y lo que está sintiendo nuestro cuerpo colectivo. Nuestra búsqueda imparable por consumir siempre más (recursos, productos manufacturados, experiencias, personas, etc.), nuestra generalizada falta de empatía hacia los demás (incluso, de otras especies) y ausencia de conciencia de clase, nuestras acciones cotidianas repletas de prejuicios y egoísmos… son pistas para ese entendimiento. Agregando insulto a la lesión a través de un ejemplo directo, una de las dos hipótesis del origen de la transmisión del COVID-19 en la especie humana se refiere a una mutación proveniente de una especie animal comercializada para el uso humano (algo similar pasa con otras enfermedades, tal como la influenza), haciéndonos replantear hasta qué punto esa práctica (la producción y la comercialización animal) es realmente sana y beneficiosa para la sociedad humana, más allá de la clásica discusión respectiva a los demás seres vivos (es decir, el antiespecismo).

El momento requiere responsabilidades sí, pero sobre todo aquellas que traspasan la contención de la pandemia para incluir medidas de contención de sus causas subyacentes. En ese planeta, o somos todes uno o no seremos. ¡Namasté!

Leyenda de la foto en adjunto: Billete de solidaridad colgado en el ascensor de un edificio en Brasil en esta semana “Estimados vecinos, ante la pandemia COVID-19 (más peligrosa en personas mayores de 65 años o enfermos crónicos) me pongo a la disposición para ir al supermercado y/o farmacia caso necesiten. Cuidemos de todos! Att, Daniel Rocha (apto. 202)”. Fuente: Fernando Paiva.

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Coronavirus y la unificación planetaria

Las epidemias y pandemias han acompañado a la humanidad al menos desde que se registra la historia escrita. Uno de los patrones es la vinculación entre especies animales con seres humanos. La más recordada es la peste negra o bubónica – vinculada al contacto con ratones- que en 1350 acabó con cerca de un tercio de la población mundial. El VIH en 1980, la gripe asiática en 1950 y la “gran influenza” de principios de siglo XX han sido antecedentes pandémicos con consecuencias fatales.

Hace algunos días atrás la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha declarado la situación del Coronavirus pandémica y hace un llamado a todos los gobiernos y autoridades cumplir con los protocolos y medidas que tiendan a disminuir el contacto y su propagación. Sin embargo, todo depende del modelo de sociedad que hemos establecido: si se garantizan los derechos universales a la salud, si somos culturalmente consientes de los grupos más vulnerables, si controlamos la especulación y enriquecimiento de los fármacos, entre otras cosas. En China y Japón el control y el no contacto ha surtido efecto, en España e Italia la no conciencia de su población ha incrementado la alerta.

De todos modos, el mensaje del Coronavirus en un mundo globalizado debiera ser otro. La gran diferencia entre esta pandemia y otras históricas es que ocurre en un planeta que se encuentra en el decline de su vida como especie tal y como la conocíamos. Independiente de las idiosincrasias planetarias el mensaje es el de tomar conciencia como especie, depositarla en un bien común y jerarquizar lo realmente importante de vivir en el planeta tierra.

La conciencia como especie es que estamos sujetos a la vida y la muerte y estamos expuestos. Además, somos una especie que pese a la diferencia tendemos y nos esforzamos por vivir y convivir. En eso, pese a las contradicciones políticas y económicas del Estado chino con su propio pueblo, ha tenido gestos para con Italia en la colaboración con profesionales. En Italia, pese a sus errores idiosincráticos como no ver la gravedad del virus, hoy por hoy intentan hacer comunidad a través de la música y el canto entre los balcones de los departamentos. En Francia, pese a las políticas neoliberales el mensaje es claro en garantizar el acceso universal al alcohol en gel y controlar su precio en las farmacias. La conciencia amplificada es que pese a las diferencias somos una única especie, que vivimos en un único mundo y que como tal tendemos a poner el valor elementar de vivir.

El bien común está en el desdoblamiento de la conciencia. ¿Qué es lo que está en juego además de mi salud individual? El resto, la comunidad, los más vulnerables. El bien común implica también una toma de conciencia mayor, donde nuestras acciones sean pensadas para otras generaciones, para quienes son más frágiles y para dar garantía al conjunto de convivir mejor con la pandemia. Aquí claramente algo hace ruido: la estructura política económica de un país. Será más fácil en aquellas sociedades donde los derechos estén garantizados constitucionalmente, y será más difícil tender hacia esto en sociedades donde los derechos individuales y económicos, estén por sobre lo común. En China se logró con un extremo sobre los derechos civiles. En Italia y España, priorizando justamente el sistema sanitario común.

Finalmente la jerarquía. Es relevante jerarquizar la salud y convivencia por sobre la rentabilidad económica. Trabajar menos horas, activar el tele trabajo, desactivar las economías turísticas pueden tener un impacto económico relevante. Pero si eso viene acompañado con una red organizada de abastecimiento de proximidad, agricultura de proximidad y servicios locales de proximidad, seguramente el único impacto que veremos negativo en la economía no será aquella de base, sino los grandes consorcios con fines especulativos. Puede convivir una medida de inmunización a través de estrategias colectivas de base que garanticen la alimentación en una población local.

Las enseñanzas que está dejando esta pandemia es que podemos actuar intentando ampliar la conciencia. Las medidas de inmunización y de higiene no debieran ser una respuesta individual, sino comunes, en la medida que tanto las condiciones sociales como las acciones individuales tiendan hacia el bienestar colectivo y no individual.

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